CUADERNO DE MADRID

No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura", dice el blasón de los Sánchez-Paredes en el casco viejo de Cáceres. Muy poco terráqueo, la verdad, por ser un lema castellano. Vamos al futuro, dice en latín la casa fortificada de los Sánchez-Paredes en la ciudad más bella de Extremadura. Y ese místico "sed futuram inquirimus" casi nos remite al visionario "mobilis in mobili" del capitán Nemo.

"Móvil en lo móvil". "Móvil en el interior del movimiento", era el lema que Julio Verne adjudicó al submarino Nautilus, avanzado en todo: en la técnica y en la metafísica. Genial anticipador, Verne se refería al movimiento perpetuo del mar, pero también intuía que el mundo iba hacia una tremenda aceleración.

Los Sánchez-Paredes, modesta nobleza de la muy terráquea Cáceres, también tenían una mística del movimiento, en su caso probablemente influida por el mito cristiano de la Nueva Jerusalén, la restauración espiritual anunciada por el libro del Apocalipsis. Pero lo cierto es que los extremeños se movieron. Fueron muchos los que se lanzaron al mar en busca de una ciudad futura. Empujados por el hambre, por la sed de aventura o por la más pura de las fantasías, fueron un contingente importante del gran pelotón de europeos desinhibidos que dieron forma esférica al mundo. Unos como descubridores (tierra-mar); otros como conquistadores (tierra-mar-tierra); todos ellos navegando una vasta superficie apenas cartografiada que convocaba a la locura.

A riesgo de simplificar, podría decirse que los portugueses, encabezados por el legendario infante Don Henrique, O Príncipe do Mar, fueron más descubridores. Y que los españoles destacaron como conquistadores.

Contemplando la monumental estatua ecuestre de Francisco Pizarro en la plaza mayor de Trujillo, a cincuenta kilómetros de Cáceres, el axioma parece cierto. Da miedo el Pizarro de Trujillo. Espada en ristre, encarna una determinación férrea: una furia aerodinámica. Pizarro se llevó por delante el imperio inca en el actual Perú, siguiendo los pasos de otro extremeño, Hernán Cortés, que apuntilló a los mayas con la ayuda de la viruela. Ambos eran primos segundos.

Dos grandes glorias de España, según el relato clásico de la conquista de América, muy poco cuestionado en su idealización terráquea. Porque otra visión sería posible: la del mapa dinámico, la del espacio en movimiento. "Mobilis in mobili". Ya que los españoles, junto con los portugueses, dieron forma esférica al mundo. Lo cartografiaron. Comenzaron a acelerarlo, poniendo las bases de la actual globalización.

Bajo ese prisma, España es hoy un país tremendamente afortunado. El mar océano le está devolviendo buena parte de lo que le quitó la lenta y perversa decadencia del imperio: potentes fuentes de riqueza en América y una nueva expansión espiritual, no religiosa, idiomática.

España, sin embargo, no parece del todo feliz. En vez de dar las gracias al cielo y de organizar unos extraordinarios te deums, tiende a vivirlo con cierta angustia, con muchas mentalidades todavía atrapadas por la neurosis de 1898 ( "la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos", escribió con acierto Marx).

Esta semana se ha puesto de manifiesto con el vuelo muy raso de la polémica interna a propósito de la crisis con Venezuela. El problema nacional español no sólo es de orden territorial-federal. Viene dado también por la dificultad espiritual e ideológica de visualizar con mayor potencia esa Commonwealth americana que no es una Commonwealth; ese neoimperio que no es exactamente un neoimperio; ese retorno del glacis; esa nueva isla del tesoro, por la que los franceses serían capaces de muchas cosas. ¿Cuánto no daría hoy Sarkozy por tener un buen pollo con Hugo Chávez, en vez de verse obligado a escenificar grandezas en el pedregal de Chad? Le petit Napoléon, condenado a un severo tierra-tierra...