La familia y uno menos, de Carmen Rigalt en El Mundo
TESTIGO IMPERTINENTE
Don Jaime tratará de reconquistar a su esposa, de cuyo abandono no logra hacerse a la idea
Los pasillos estrechos son responsables de muchos divorcios
La Infanta se ha mudado a una colonia obrera creada en tiempos de la República
Lo Borbón no quita lo Marichalar. Ahora empieza la guerra de agravios. Sucede en todas las parejas que se separan, incluidas las de árboles genealógicos deslumbrantes. En el caso del matrimonio Borbón- Marichalar, los árboles de ella no dejaban ver el bosque común. Elena es hija de Reyes y aportó mayor relumbrón al matrimonio. Una vez separada (o suspendida de convivencia, como reza la cosa oficial) la Infanta se lleva el relumbrón puesto. Ahora ya puede vivir la vida a bordo de unas zapatillas deportivas. Elena demostrará que, también en su caso, menos es más.
Tomar partido, that is the question. En las separaciones conyugales todo el mundo toma partido: familia, amigos, vecinos, aduladores. Don Jaime lleva las de perder, así que para compensar yo le restituyo el tratamiento (Don Jaime) y la dignidad que siempre le he regateado. Jaime Pigmalión, duque de Lujo, termina aquí sus andanzas festivas. El Frankenstein creador que alivió de sevillanas corraleras a una infanta de España, da por concluido su estilismo al servicio de la Monarquía española. Algunas fuentes (bien informadas) sugieren que, en su retiro, Don Jaime tratará de reconquistar a la esposa, de cuyo abandono no logra hacerse a la idea. Para él será un trance duro.
Los expertos señalan que las mudanzas son causa frecuente de divorcio. Una pareja que sobreviva a dos mudanzas tiene garantizada la primera meta volante del matrimonio (las bodas de plata), y una que sobreviva a cuatro, la meta final (las bodas de oro). Los Duques de Lugo se han quedado encallados en el primer trasiego de muebles. Era un traslado de apenas unos metros, la distancia que media entre el piso donde vivían de alquiler (propiedad de Jaime Fierro) y el tríplex adquirido por Don Jaime en un seudopalacete de los Corsini (léase Miguel Corsini y Marta Cotoner, marquesa de la Gomera e hija del marqués de Mondéjar, jefe que fue de la Casa del Rey).
La vivienda está situada en el centro neurálgico de la milla de oro, donde Don Jaime ha lucido como un escaparate de Louis Vuitton. La compra la hizo el propio duque gracias a una herencia de la tía Coco, que según dicen favoreció al ilustre consorte en detrimento de sus hermanos. Es una vivienda estrecha, con pasillo largo y habitaciones pequeñas a un lado. Todos los miembros de la familia tienen su propio cuartito de estar, a imagen y semejanza de los palacios. El tríplex entero es en sí mismo como un palacio, pero reducido a escala. Las malas influencias detectadas en la vivienda ducal proceden del vecino palacio Saldaña, que fue propiedad de José Antonio Roca (operación Malaya) y hace poco se vendió para hacer frente al pago de multas. Los fantasmas de su anterior propietario perturban el equilibrio ecológico de los vecinos.
La armonía conyugal no depende tanto de la decoración como de los metros cuadrados. Está por demostrarse que el estilo Jaime Fierro produzca menos crisis que el estilo Rosa Bernal, aunque de la experiencia de los duques pueda deducirse lo contrario (en el piso decorado por Fierro, ellos vivieron felizmente, mientras que en el decorado por Bernal han empezado tarifando). Con los metros cuadrados sí se puede establecer una relación causa-efecto. Los duques pusieron baños y cuartos de estar separados para evitar que el mando de la tele y los pelos en el lavabo fueran causa de disputa, pero no repararon en el pasillo. Una pena. Los pasillos estrechos producen muchos divorcios.
Siempre se ha dicho que el Rey y su hija mayor son muy campechanos. Seguramente por eso la Infanta se ha mudado a una colonia obrera: la colonia Iturbe II, creada en tiempos de la República por el mexicano Gabriel Iturbe, que contrarrestó la aspereza de su árbol genealógico casándose con la marquesa de Belvis de la Jara y fue padre de una princesa: Piedita Iturbe, mamá, a su vez, del príncipe Alfonso de Hohenlohe.
La República también tiene cosas estrafalarias. Es de esperar que, al elegir una colonia obrera, la Infanta Elena no haya ido en busca de una premonición. La Historia, como los matrimonios, cambia de rumbo cuando menos lo esperas.
Un traje para el museo
DOÑA ELENA. La convivencia no es fácil para nadie, aunque unos tienen más medios para sobrellevarla que otros. Entre vivir en un casoplón blasonado o compartir una «solución habitacional» (con los niños y el mucamerío), hay diferencias. Es la ventaja que históricamente han tenido los reyes mal avenidos: cada uno ocupaba un ala de palacio, así no estaban obligados a cruzarse en el pasillo. A los Duques de Lugo les habría bastado con poner tabiques en sus vidas, pero la Infanta ha preferido levantar el vuelo. Ella es muy suya y no se anda con contemplaciones. Sin embargo, para iniciar con buen pie el periplo de separada o suspendida ha olvidado un detalle: donar su vestido de novia al Museo del Traje, que estos días expone una colección histórica, tanto por los modistos que han diseñado los modelos (desde Pertegaz a Valentino) como por las novias que los han lucido (desde Cayetana de Alba a Marita March). Son cadáveres de seda vacíos que el tiempo ha dotado del color de la nostalgia.
El vestido de novia de Elena de Borbón sería una aportación interesante. Ella iba blanca de luz cuando contrajo matrimonio en la catedral de Sevilla, va ahora para 13 años. La ciudad parecía Camelot y la Infanta llevaba un vestido de Petro Valverde que le hacía guiños en el escote. En aquellos tiempos, Elena de Borbón estaba marcada por el casticismo. Cantaba la salve rociera, iba a los toros, y en el sur de España tenía muchos amigos caballistas (incluso caballos: alguien dijo que en Jerez o se es señorito o se es caballo). Jaime Pigmalión fue el encargado de abrirle los ojos a Lacroix y pasearla por la Quinta Avenida. La Infanta aprendió en seguida la lección. Pero la libertad sirve para algo más que para elegir bolso.
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