La intención de la Junta de Extremadura de declarar Bien de Interés Cultural el campo de concentración de Castuera (Badajoz) provoca división entre los vecinos

«Han matado a mis hermanos, sólo porque les tocó el otro bando. No quiero recordar nada de esa pesadilla. Lo que he sufrido estos años, que arda en el infierno, en el Barracón 17». Fueron las primeras y únicas palabras de Antonio, preso republicano, al reencontrarse con su esposa María Isabel y sus cinco hijos. Tras varios años desaparecido, este maquinista de Renfe llegó a casa con la carta de libertad en la mano. Y mostrándola, pronunció ese discurso de 34 palabras, con el que selló un hermetismo que gobernó el resto de su vida. Ni una palabra más. «Porque el que habla sobre eso, se busca un problema», decía.

Antonio fue uno de los pocos de los 11.000 apresados que tuvo la suerte de salir con vida del campo de concentración de Castuera (Badajoz). Ahora, en pleno proceso de aprobación de la Ley de la Memoria Histórica, será declarado Bien de Interés Cultural por la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, en contra del espíritu del artículo 15 de dicha ley, donde se pide a «las Administraciones públicas que retiren» cualquier vestigio «de la represión de la Dictadura».

La maniobra de declaración se ofrece como «un paso más en la búsqueda de la reconciliación». Sin embargo, es de dudosa eficacia incluso para algunos de sus promotores. «No tengo claro que sirva para algo. Pero ahora, toca hacerlo», dice el alcalde de Castuera, Francisco Martos, quien considera todo esto «un paso hacia delante, pero no se sabe hacia dónde».

En ese sentido, el historiador Javier Rodrigo, de la Universidad de Zaragoza, denuncia la «inoperancia de la administración pública» al no hacer nada por recuperar los cuerpos de los asesinados y desaparecidos, mientras «prometen un centro de interpretación que después se perderá en el limbo del abandono». Lo recoge el único y reciente libro publicado sobre este campo de concentración, Cruz, bandera y caudillo, del extremeño Antonio López, y con fondos del Centro de Desarrollo Rural de La Serena.

Sobre este gesto «sin sentido», se enfrentan muchos vecinos, hasta el punto de «dividir al pueblo», según el propio Ayuntamiento. «No viene a qué declararlo patrimonio cultural», sobretodo «cuando allí no hay nada, más que una memoria histórica sesgada», dice un lugareño contrario a «remover estas tierras llenas de sombras» después de 67 años en el olvido.

Este campo de concentración fue creado en marzo de 1939 para hacinar a unos 7.000 presos republicanos en 70 barracones. Sin embargo, las estimaciones de 100 presidiarios por nave se vieron desbordadas en los primeros meses y se llegó a casi 200 por barracón-. Esto, provocó una de las mayores matanzas en Extremadura: para 'abrir hueco' en los depósitos y meter más prisioneros, decidieron ejecutar a los ya instalados.

La 'cuerda india'

Por los métodos utilizados, el lugar se bautizó como uno de los más sanguinarios de España. De hecho, algunos historiadores lo llaman «el campo de exterminio de Franco». En el libro Extremadura: Guerra Civil, Justo Vila Izquierdo habla de métodos de exterminio similares a los que utilizaron los nazis. Y entre ellos, el peor: la cuerda india. Ataban a todos los presos con la misma cuerda por la cintura y los conducían a la boca de una mina cercana, La Gamonita -ya cegada-. Allí, «empujaban al primero, que caía al vacío y arrastraba a todos sus compañeros». Después, tiraban granadas de mano al fondo de las minas. «Tras las explosiones, todo quedaba en silencio». Como en silencio marchaban los republicanos apresados que cargaban en los camiones todas las noches y eran llevados a una sierra cercana. En fila, eran fusilados de frente, de uno en uno.

Con esas macabras maneras, las tropas nacionales eliminaron a miles de presos. A la inmensa mayoría se les pierde la pista una vez entran en el campo de concentración, o tras ser enviados a la cárcel de Herrera del Duque. Los menos se salvaron escapándose o con la carta de libertad.

Uno de los historiadores que más ha ahondado en este asunto, es Antonio López, sorprendido por que sea el primer campo de concentración que se declare Bien de Interés Cultural. «Sí, creo que, del centenar de campos que ha existido, éste será el primero», dice.

La noticia de su distinción como patrimonio intocable tiene dividido a Castuera y alrededores. «Hay quienes guardan sentimientos de empatía y quienes quieren olvidarlo. Pero, vamos, que en esa generación de mayores el declararlo Bien Cultural no conseguirá una reconciliación», dice el alcalde.

El Ayuntamiento, a instancias de la Consejería de Cultura de la Junta, ya ha comenzado los trámites de solicitud para distinguir este espacio. De hecho, «ya existe una partida presupuestaria reservada para habilitar el lugar como un centro de interpretación, tanto por parte del Ayuntamiento, como de la consejería», según fuentes municipales.

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