La muerte de Gregorio López Raimundo, igual que la que se produjo hace unos meses de Antoni Gutiérrez Díaz, sitúa nuevamente en el primer plano de la actualidad el papel trascendental que tuvo en Catalunya el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) en la transición política: cohesionador desde la izquierda e indiscutible en la marcada defensa de la catalanidad. Si otros tuvieron una relevancia pública mayor tanto en la derecha -Adolfo Suárez o Manuel Fraga- como en la izquierda -Santiago Carrillo-, en Catalunya el papel de los dirigentes del PSUC fue sin duda clave para la estabilidad política y la unidad social. Y fue, sobre todo, una actitud generosa con lo que el país necesitaba: no se sabe qué hubiera pasado con otra actitud mucho más partidista por parte de sus dirigentes, pero el PSUC que en las primeras elecciones autonómicas de 1980 se encaramó hasta la tercera posición, con casi el 19% de los sufragios y más de medio millón de votos, acabó, en la práctica, desapareciendo como partido aglutinador de una parte importante de la izquierda, aunque López Raimundo era aún presidente de honor del PSUC-viu, el partido integrado en la actual Esquerra Unida i Alternativa que se presenta como marca electoral con Iniciativa per Catalunya Verds. Como símbolo del antifranquismo, el presidente de la Generalitat Pasqual Maragall le entregó la medalla de oro de la institución aunque era a todas luces un reconocimiento tardío. El homenaje popular ya le había llegado a través de Raimon, el cantante de Xàtiva, que lo definió como el hombre de "els cabells blancs, la bondat a la cara".
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