Análisis

Una de las consecuencias indeseadas de la muy espontánea reacción del Rey pidiéndole a Hugo Chávez que se calle (distinto fue que saliera de la sala para señalar que se sentía ofendido) es que la izquierda radical latinoamericana tiene ahora la coartada para estructurar, a partir de ese episodio aparentemente irrelevante, un discurso antiespañol coherente por primera vez en muchas décadas.Hasta el «¿por qué no te callas?» de Santiago, los izquierdistas más genuinos de América eran incapaces de sustraerse a la autoridad de Don Juan Carlos, trabajosamente construida desde la Transición.Si Adolfo Suárez logró que el centroderecha y los republicanos de América Latina (sobre todo de México) aceptaran a la España democrática con su Rey, fue Felipe González quien consiguió que la izquierda, incluido Fidel Castro y los guerrilleros sandinistas, vieran en Don Juan Carlos una figura majestuosa y neutral.

Además, el Rey ha sido percibido como el auténtico mascarón de proa de las compañías españolas en el continente, hasta el extremo de que cuando alguna empresa ha tenido fallos en países como Chile o Argentina, sus respectivos presidentes han preferido telefonear al Monarca para quejarse del mal servicio de Teléfonica o de Aguas de Barcelona en vez de llamar al consejero delegado o al jefe de Gobierno, a quienes ven como figuras efímeras. Esto nos da una medida de lo mucho que se ha puesto en juego en un incidente causado por el desánimo de la anfitriona (Bachelet debió cortar de raíz las injurias de Chávez y frenar sus réplicas continuas) y, sobre todo, por la falta de energía de la delegación gubernamental española, incapaz de fijar su posición sin interrupciones.

Chávez ha descubierto rápidamente este flanco que España ha expuesto y son unos ingenuos quienes piensan que no lo va a explotar hasta el cansancio. Este es el «Waterloo ideológico» al que se refiere crípticamente Castro, tan comedido en su primera declaración, pero que comienza a mostrar las uñas desde su lecho de enfermo.El chitón del Rey le ha permitido a la izquierda de Chávez, de Morales y de Ortega resucitar todo el viejo manual de falsificaciones, desde la leyenda de El Imperio Socialista de los Incas del francés Louis Baudin hasta la Teoría de la Dependencia formulada por Enzo Faletto y -¡paradojas de la vida!- por el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso.

No hay que despreciar la capacidad proselitista del caudillo venezolano que puede encender la imaginación de toda la izquierda regional, resucitar viejas banderas, y fertilizar sentimientos en unas epidermis muy sensibles porque están a punto de conmemorar el bicentenario de la independencia de la mayoría de las repúblicas hispanas (desde Ecuador en 1809 a Perú en1821). Es el momento en que se revive cómo Napoléon se aprovechó de los líos dinásticos de los Borbones para que los criollos, primero pretextando lealtad a la Corona y después exponiendo abiertamente sus deseos secesionistas, protagonizaran la que muchos pensamos que fue la primera guerra civil española.

Esta neutralización de la figura del Rey en ciertos círculos de América Latina es una pérdida para la política exterior de España porque sitúa su proyección institucional en un ámbito mucho más convencional, por mucho que en los sectores que no simpatizan con Chávez jaleen la reacción de Don Juan Carlos.Ya hemos visto, además, cómo en otros episodios, países como Argentina o Ecuador se han deslizado rápidamente por la pendiente del populismo chavista. Se da la circunstancia, además, de que naciones percibidas como serias, tienen un componente tan fuertemente republicano que Don Juan Carlos, pese a su gran legitimidad en todo el continente, apenas despierta el mismo grado de simpatía que Evo Morales o Fidel Castro.

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