LA TERRAZA
Durante unos años, bastantes, fui crítico de televisión, como lo fui de circo, de jazz, de la nova cançó, de pelis, de cocinas, es decir, de restaurantes; y de libros, de libros no publicados aquí -Notas sobre literatura extranjera,un título que le birlé a Marià Manent y que publiqué en el desaparecido Noticiero Universal-. Como fui, durante muchos años, crítico de teatro. Fui crítico más por necesidad que por vocación: había que llegar a fin de mes, y a pesar de ese rebaño de críticas que uno, como un esforzado gos d´atura, intentaba meter en uno u otro aprisco, no siempre se llegaba. Hoy, afortunadamente, ya no soy crítico de nada, vamos, que no ejerzo como tal. Como decía mi querido Jaime Gil de Biedma: "Sigo siendo de izquierdas, pero ya no ejerzo". O algo parecido.
De ese rebaño de críticas, la que más me interesó después de la teatral -yo escribía de teatro para colarme en uno de ellos, el Lliure de Gràcia, que era mi teatro, cosa que estuve a punto de conseguir, pero se me murió Fabià Puigserver-, fue la crítica televisiva. Escribí de televisión en Fotogramas, cuando era progre, aupada por la gauche divine, y acabé escribiendo sobre ella en Revista, cuando la dirigió Ramon Barnils, y también en El Cuervo, en manos de Echarri. Era un crítico muy especial, tanto que no tenía ni siquiera televisor. Durante el tiempo que fui crítico de Revista, iba a ver la tele a un bar cercano a mi casa, -entonces vivía en Urgell esquina con Buenos Aires- y mezclaba mis comentarios con los exabruptos de mis compañeros de barra. En El Cuervo, mi sección se llamaba El Manicomio, y la voz del crítico se confundía con la de un loco al que, a modo de electroshocks, le obligaban a ver la tele en una pequeña habitación acolchada, enfundado en una camisa de fuerza.
Bromas aparte -pero no lo eran tanto: Franco seguía vivo-, la televisión, la crítica de televisión, me interesaba. Creía que tenía futuro, vamos, que podría llegar fácilmente a fin de mes. Y un buen día le propuse a Horacio Saénz Guerrero que me nombrase crítico televisivo de La Vanguardia (entonces, en este periódico no existía tal sección). Y Horacio se me puso muy serio y me soltó: "Mientras yo esté al frente de La Vanguardia, aquí jamás habrá un crítico de televisión ni nada que se le parezca". Eran otros tiempos. Y yo seguí sin llegar, muchas, demasiadas veces, a fin de mes. Afortunadamente, los propietarios del bar El Sol, -en la esquina de Tallers, detrás de La Vanguardia me fiaban- unos cuantos filetes de buey y unas botellas de whisky (entonces bebía escocés, no whiskey irlandés, como ahora), el 22 o el 23 de cada mes.
Desde entonces ha llovido mucho y hoy no solamente ya no me interesa la crítica de televisión, sino que apenas la veo, como tampoco suelo ir al teatro. Veo, eso sí, alguna vieja peli y algún partido de fútbol, en el pub del barrio o en la barra de Can Pere, un santuario barcelonista. Así que ya pueden imaginarse ustedes la impresión que me produjo cuando la semana pasada me invitaron a ir al programa de Josep Cuní, en la mañana de TV3, para hablar de Vida Privada, la novela de mi padre que cumple 75 años. Y, una vez superada la primera impresión, acepté, gustoso, porque mi padre es mi padre, la cultura catalana es la cultura catalana y etcétera, etcétera.
Me dijeron que a las 10.30 vendría a buscarme un taxi, pero el día en cuestión me llamaron a eso de las nueve diciéndome que el taxi llegaría media hora más tarde. A las once no llegó ningún taxi y media hora más tarde llamaba yo a TV3 dando cuenta de ello. El taxi llegó a las doce y, cuando estábamos en la Diagonal, frente a la facultad de Económicas, el taxista recibió una llamada. "¿Cuánto tardará en llegar?", le preguntaron. Y el taxista respondió que unos ocho minutos. Y, efectivamente, ocho minutos después estaba yo en la puerta de TV3. Me pidieron el carnet, me dieron una identificación, y me señalaron un camino al final del cual encontraría una puerta roja y una señorita que se ocuparía de mí. Hallé a la señorita en cuestión y esta me llevó derechito al plató donde otra señorita, la maquilladora, me pasó un algodón por la frente, las mejillas y la nariz, y en menos de un periquete me encontré sentado a la derecha del señor Cuní. El señor Cuní, luego de saludarme, amablemente, me ofreció lo que él llamó una primicia: "Se ha perdido un taxi, señor Sagarra" me dijo. Yo pensaba que se refería al que tenía que venir a buscarme a las once de la mañana, y así se lo dije, pero no, era otro taxista, ese que pulsó la alarma y luego se inventó una historia.
El señor Cuní me hizo un par de preguntas sobre la novela de mi padre y luego me soltó: "Señor Sagarra, me hago una pregunta a la que me gustaría que usted me respondiera. ¿Cómo se explica usted que cada domingo me trague yo su crónica de La Vanguardia en la que usted me cuenta los whiskeys que se toma, en tal o cual terraza, los cigarros que se fuma y una serie de cosas que usted hace, las cuales, si he de serle sincero, me importan un bledo?". Esa salida del señor Cuní, la verdad es que no me la esperaba. Sin duda se trataba de un elogio, de un elogio envenenado, pero así, a bote pronto, no supe qué responderle. Luego, hablamos un poquito sobre el último recital de Aznavour en París, junto a otros invitados que compartían el plató, y una vez concluido el programa, a la una de la tarde, me metieron en un taxi y me devolvieron a casa.
Y fue entonces, mientras regresaba a casa, cuando me acordé de que, hace ahora diez años, había escrito yo una crónica en El País que titulé "En la ducha, con Josep Cuní". Y es que entonces yo me duchaba escuchando a Josep Cuní en las mañanas de Com Radio, como hoy me ducho mientras escucho a Toni Bassas en Catalunya Ràdio. Un vicio como otro cualquiera, como el que practica el señor Cuní leyéndome los domingos en este diario. Eso es lo que debería haberle dicho al señor Cuní en respuesta a su envenenado elogio: "Usted me lee a mí los domingos del mismo modo que yo me duchaba con usted el resto de la semana". Y dicho esto, recordarle algo que yo contaba en mi crónica de El País. Que cuando Paul Léautaud escribía sus crónicas teatrales, hablaba más de sus gatos que de los espectáculos que iba a ver. Y el tipo tenía su público.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados