EL ANÁLISIS
Sobriedad catalana con inteligente melodía portuguesa. Podría resumirse así la ceremonia de entrega del premio Internacional Conde de Barcelona, el primer acto público presidido por el rey Juan Carlos al cierre de una semana cuando menos intensa para la monarquía constitucional española.
La sobriedad, junto con la ironía, es uno de los rasgos esenciales del alma catalana en estado de serenidad. Ayer volvió a quedar de manifiesto en el monasterio de Pedralbes. Luego están las torsiones del espíritu, las horas bajas y las fases oscuras - unas voluntarias y otras provocadas-, de sobras comentadas estas semanas bajo el oportuno y quizá oportunista epígrafe del cabreo difuso.
Desde la sobriedad, el discurso catalán consigue enmarcar el cuadro español: lo absorbe, lo aprehende y logra convertir la centralidad en algo más que una astuta disposición geométrica. La centralidad es voluntad de poder. La centralidad explica, por ejemplo, la presencia de Rodrigo Rato ayer en Pedralbes. Sin esa noción, ejercitada con talento desde Barcelona durante la transición, hoy Catalunya sería mucho más débil. Mucho más. La centralidad catalana pasa ahora por "poner en valor" el papel de la monarquía constitucional en el cuadro español realmente existente. El Rey, por lo demás, sabe defenderse. De manera que ayer pudo sumarse a la elipsis de la sobriedad.
Este fue uno de los significados del acto. El otro, el más explícito, fue el destello portugués. El buen nivel de sus elites. Esa elegancia suave y perspicaz de José Manuel Durão Barroso hablando en catalán; citando un artículo de Augusto Assía en La Vanguardia de 1957. Oyéndole hablar, consciente de la perdurable impronta de 1640, no era difícil reafirmarse en la idea de que comienza emerger un sistema peninsular;un cuadro apto para nuevas centralidades.

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