En estos tiempos en que se lleva la productividad, la eficacia, la eficiencia y el tono de vida alto, todo lo que se asemeje a una cierta clase de desfallecimiento se tiene por insano. Parecería que la consigna es "el Estado de bienestar da como resultado a seres felices", casi como una imposición "saludable" y todo lo que se desvíe de ella, es como si se tornara socialmente sospechoso de desidia o de mala voluntad, y sin embargo… la voluntad o el tono vital de cada individuo e incluso de cada momento no responden a consigna alguna.

Resulta que esa especie de obligatoriedad de ser feliz da más relieve aún a lo tenido como infelicidad, como por ejemplo, a la astenia estacional, al ritmo de cada cual, a la lentitud del devenir de las cosas. Una cosa es un programa prediseñado para la felicidad del ser humano y otra muy distinta es el "bien-estar" de cada individuo, porque ese bienestar individual pasa por senderos muy distintos de los preorganizados. Hay un dicho popular: "Hay días que uno no está para nada", yo añadiría meses o tal vez años, son ganas de medir el tiempo, y la cosa es que no importa mucho, porque cuando uno no está para nada, nada de lo que se le exige desde el exterior, es que es muy probable que esté realmente ocupado en su interior; y es que el ser humano no da para más; a veces, el trabajo interior es más importante para su supervivencia como persona que el que pueda hacer en el exterior.

La bióloga molecular Lynn Margulis, en su libro ¿Qué es la vida? dice que el cuerpo humano es una amalgama de bacterias y mucho vacío; si las bacterias respetan ese vacío para conformar un cuerpo como el que tenemos es que es necesario para la vida. Pues ese vacío nos puede servir de metáfora para los tiempos vacíos de nuestra existencia, que los hay y muchos. No se trata de un dejarse llevar sin hacer nada, sino de respetar esos tiempos de transición de un estado a otro, porque lo que nos va pasando modifica el sustrato de lo que somos y necesitamos tiempos entre los días y las cosas para sedimentar lo que la vida nos aporta.

A esos tiempos vacíos, yo les llamo "días transitorios", un tiempo absolutamente necesario para darnos cuenta y también para respetar esas reorganizaciones moleculares que conforman nuestro cuerpo. El cuerpo tiene sus propios procesos, depende de nosotros vivirlos como obstáculos o como días transitorios de pura necesidad vital.

R. MARGARIT, psicóloga y escritora.