EL ANÁLISIS
La política exterior es el arte, más que la ciencia, de la gestión de la crisis permanente. Lo que prever en los asuntos con la política exterior suele reducirse a lo que no cambia; es decir, a poco, como, por ejemplo, la geografía. Todo lo demás es susceptible de provocar una crisis. Y el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que no es un accidente geográfico, resulta ser una prueba de lo imprevisible de las relaciones internacionales.
La nacionalización de los hidrocarburos bolivianos demostró hace un año cómo ha cambiado el mundo. Hace tres decenios, muchos correligionarios europeos de Salvador Allende dijeron comprender la nacionalización del cobre chileno; ahora ven las cosas de otro modo. Y es que la política exterior de un país, sea Estados Unidos o España, es la prolongación de las condiciones internas. Y si la política interior se basa en las relaciones entre los poderes ejecutivo y legislativo, la política exterior depende de la intuición para comprender lo que sucede en el extranjero, pero no sólo en el extranjero. Chávez, que ha organizado un referéndum para perpetuarse en el poder, también tiene la intuición suficiente, aunque no es el único, para entender que un desencuentro en el exterior le servirá internamente.
A Chávez se le ha subido el petróleo a la cabeza. Una de las mejores explicaciones del fenómeno del populismo la dio el ex presidente uruguayo Julio María Sanguineti en una reunión con periodistas europeos en Montevideo, en octubre del 2006. "El populismo es escasa racionalidad económica, y sólo es posible si hay dinero", dijo, y tiene razón. Pero el populista Chávez, que nada en petróleo y derrama subsidios por toda Latinoamérica, lleva las de ganar en el referéndum del próximo
2 de diciembre porque hay regiones en Venezuela en las que casi los dos tercios de la población viven en la pobreza.
¿Remitirá "la persistencia declarativa" de Chávez, en palabras de Moratinos, una vez ganado el referéndum o, por el contrario, insistirá en sacar más petróleo del desencuentro de Santiago? La diplomacia española no puede estar por la ruptura porque la confrontación juega a favor de Chávez. La historia más reciente así lo demuestra. Y si no que se lo pregunten a la diplomacia estadounidense que, en caso de confrontación verbal con Chávez, sólo ha hecho que reforzar la posición del venezolano, como ha ocurrido con Castro. Por eso es lógico el interés del Gobierno español en quitar hierro al asunto. Las inversiones españolas en Venezuela son significativas - las sextas en Latinoamérica-, y son los mismos empresarios españoles los que reclaman que las aguas vuelvan pronto a su cauce. El empecinamiento del Partido Popular en que el Gobierno endurezca su posición y retire el embajador en Caracas hace inevitable la sospecha de que lo que se pretende, en lugar de proteger los intereses generales, es apretarle las tuercas a Zapatero.
Chávez es un artista en la gestión de la riña permanente, aunque, cuando le interesa, también sabe ser muy pragmático. El presidente George W. Bush olerá a azufre, según dijo haber comprobado el venezolano en la tribuna de la ONU, pero la Venezuela bolivariana sigue suministrando, religiosa o ideológicamente, como se quiera, el 15 por ciento del petróleo que importa Estados Unidos.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados