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Un agudo corresponsal me envía una postal impagable. Es de 1906, el año de la creación del movimiento nacionalista Solidaritat Catalana, una respuesta al asalto militar de la revista Cu-Cut y a la creación de la llamada Ley de Jurisdicciones, que establecía la competencia de los tribunales castrenses para juzgar cualquier ofensa a España. La postal, que ofrece un exuberante arsenal simbólico, muestra a un pollo catalán embarretinado intentado seducir a una maja española coronada. Aparte de los argumentos consustanciales, el galán catalanista exhibe otro francamente inesperado: un poderoso tren expreso, león con melena de centellas, cuya cabeza emerge trepidante del interior de un túnel. De resultas de lo cual el pollo pronuncia su admonición: «Espanya, aprén de nosaltres». El tema que España debía aprender era el progreso y su argumento eran los trenes. Un argumento perfectamente lógico, dado que la primera línea ferroviaria de la Península había sido la de Barcelona a Mataró, inaugurada el 28 de octubre de 1848. La postal tiene un reverso en el que un José Campmany felicita por su santo a un Jaime Gelabert de Barcelona. Escrito en castellano, obviamente.

El rescate es especialmente precioso en estos días, cuando los trenes catalanes circulan por el fondo sin fondo de un abismo. Pero el deslumbramiento que produce la coincidencia ferroviaria no debería ocultar lo más importante: esta frase seminal, «España, aprende nosotros», resume toda la construcción nacionalista catalana. La admonición podía servir tanto para liderar España como para romper con ella, según eligiera el narcisismo; pero la relación entre Cataluña y el resto del país siempre giraba alrededor de lo mismo: algo vivo rondando un algo muerto. Es seguro que la exageración ha formado parte del narcisismo: tan cierto como que la admonición del pollastre se basa en los hechos. Se basó en ellos, exactamente, hasta la restauración de la democracia y la autonomía. El decisivo hecho diferencial de la Cataluña de nuestro tiempo es que el diferencial con España (en fin, con Madrid) prosigue. Sólo que es ahora la maja quien fecunda al pollo. Estoy deseando comprobar si en esas memorias de Jordi Pujol, que se anuncian fatuas, hay alguna reflexión del eximio nacionalista sobre el particular, dado que es el principal implicado. En cualquier caso yo comparto la opinión de tantos patriotas sobre la necesidad de refundar este catalanismo, que viaja ya sin alma y como inútil mercancía. Hay mucho que aprender.

(Coda: «Como ejercicio de memoria histórica creo que [la postal] debería ser difundida en forma de faxímil para la inauguración del AVE». Tempo è dolore. http://www.arcadi.espasa.com/mt-static/2007/11/15_de_noviembre_1.html)

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