La Bajo Villa nació de la Cima Villa, hermosa y rumbosa, en la humilde cuna de los humedales y arenales que la rodean y, previsora, encargó en 1782 al Vecino Egregio el diseño de sus «cresterías»,... Paredones para contener las arenas; zanjas para desecar los humedales; trazas de calles, bien rectas; plazoletas donde colocar hachones de luz y monumentos para el recuerdo; y hasta, con todas sus ganas históricas, la estatua del «buen rey D. Pelayo» salió de su bien cortada pluma.
Los hijos del Egregio, por el contrario, hemos sido parcos y escasos en los adornos: su estatua en el Seis de Agosto, la por él tan deseada, de D. Pelayo, en la plaza del Marqués, y el «bustillo» del General Duque de S. Miguel, en la plazoleta de su nombre... y paro de contar, porque no recuerdo ninguna más adornando el centro de la villa, que no sea el Corazón de Jesús (que no fue originario de este lugar, como José Antonio Primo, tampoco estuvo preso en su basílica), para reconocer y perpetuar la memoria de hijos o hijas ilustres... En Oviedo, no. En Oviedo, donde ya de por sí son cuantiosos, dispendiosos y calatravos -y más ahora que, para su promoción alonsina, ni bando del ¡Viva! El campeón les falta-, lo mismo edifican palacios que labran la imagen del impulsor Tartiere, que, a tamaño real, clonan la del premiado Mr. Allen; o, plantan a D. Sabino, sin respeto a la edad, en un «corner» del Campo de S. Francisco, casi a pecho descubierto..., sin sufrir la Alcaldía por los muchos fríos que en invierno ha de soportar el eternizado conde... Mejor, pero «mucho», está el filósofo nacional, recogido en su hospital.
Entre los sucesos famosos que Gijón recuerda no en piedra, sino en el nomenclátor de sus calles, toca hoy, por ser pieza más que obligada entre los innumerables dolores de la villa, recalar en dos, bien visibles y catalogados, de la céntrica calle de los Moros.
La zona de los Moros no ha mucho, tan sólo 220 años, era uno de los cuatro «arrabales» conocidos de Gigia. El «arrabal» de ayer, como la calle de hoy, debe su nombre, sin duda, a los moros invasores que hasta aquí llegaron en el 716 al mando del general Munnuza con la sana intención de no marcharse. También calle y pegada a los Moros, es Munuza, pero con una sola «n». Dicen, algunos cronistas, que este Munnuza casó con la joven y hermosa Adosinda, hermana de D. Pelayo -que dio a los moros el billete de vuelta, «puerta a puerta»-, ambos calles también de nuestra villa. En la primera, Adosinda, luce hospitalariamente, sobre todo para las cataratas, la Cruz Roja; en la segunda, Pelayo, luce, vende y manda D.ª Begoña, la comadre «prodigiosa» y «floristera».
En el año de 1807 encontramos en Moros, el edificio en que tuvo su primera instalación el hospital privado (que el público estaba en Casa Zabala, aunque los enfermos sólo a menú del día, que ya es bastante) de la Hermandad de Caridad, cofradía que tres años antes fundara el párroco D. Nicolás Ramón de Sama y que muy pronto arruinose, por los desastres de la invasión francesa. Posteriormente, por la misma zona, en el casi reciente 1843, la devota viuda del comerciante Zulaybar, cerraba la huerta y jardín de su propiedad con una pared de 12 pies de alto, harta de que golfillos y vecinos con poco «mantenimiento» le entraran en la propiedad -como hoy disfrutan los cacos en los chalés de las afueras- para «cortarle», con el fresco de la noche, sus bien cuidados nabos, cebollas, repollos y coliflores; tres años después, D. José Suárez Hevia construía su casa, como luego hicieron D. Joaquín Menchaca, D. Anselmo Acebal y D. Vicente Castillo; D. Manuel Palacio Pumarino, para celebrar la Gloriosa del 68, edificó tres casas, sobre terrenos expropiados en 1852 a la capellanía de Nuestra Señora de las Angustias...
Por la acera de los impares, ya en 1854 invitaba el Ayuntamiento colocarlas, tenía extensa propiedad el señor Zarracina (D. Francisco), en la que su hijo, el notable industrial republicano D. Tomás, construyó para ofrecerlas en alquiler casas de bajo, piso y buhardilla y aprovechando uno de los muchos manantiales de la zona levantó su afamada fábrica de pan...; próxima a la panadería, floreció, dulce y poética, la Confitería de Aguirre. «En esta confitería / hay pastas de varias clases, / caramelos del Congreso, / limón, Rosa y de los Alpes».
En la acera de enfrente -así salió su hijo-, en un amplio pero oscuro principal, D. Justo García, «Manuca», estableció su escuela y ejercitó su vara sobre entumecidos dedos infantiles, siempre, letra y castigo, bajo la advocación del piadoso S. José; y, en el bajo del n.º 44, D. Feliciano Rodríguez instaló su estupenda Funeraria, primera de Gijón, con todas las comodidades del «servicio permanente de carruajes fúnebres, ataúdes de todas clases, coronas de porcelana, de abalorio y de flor fina, pensamientos de raso y terciopelo...». A final de siglo, D. Dámaso Cifuentes Díaz inauguró hermoso kiosco de prensa, diseñado por D. Mariano Marín, que «regaló» el proyecto a la lectura gijonesa.
Poco queda en Moros, y queda mal, de aquellos viejos tiempos y casas viejas: sólo las señaladas con los números 4 y 6. Ellas son dos de los dolores permanentes de nuestras calles..., quizá a punto de reventar el «grano», pues, según reza un cartelón en el exánime escaparate que fue de Lupema, se liquida «por derribo», ¡Que sea para bien y que sea pronto!, que estas «semirruinas» son evidente peligro para la integridad del pueblo gijonés, dado que sobre la cubrición de la n.º 4 ha nacido, crecido y multiplicado, monumental jardín «babilónico», de «males yerbes colgantes», que cuartea la cornisa y debilita la pared...
Asombra la pasividad a lo largo de muchos años de la familia municipal, ante el evidente peligro; ni el gobierno ha sido diligente ni la oposición ha servido de «pilar» defensivo, ni blanco ni pardo, de la seguridad gijonesa; sólo pendientes los populares de calentar la atmósfera política de la plaza Mayor con las «emisiones» de cabreo que emite todos los días su gran «fábrica» de improperios, con las que ni siquiera ocultan lo que sienten por haber perdido, con la nueva norma, la mitad de los ingresos de sus liberaciones... ¡Ay, el bolsillo!, ¡Ay, el peine!
Peligramos, estimado vecinos, tanto por la esquina de Munuza y Moros, sin saberlo y sin nadie denunciarlo, que alguna señora de mucho relieve, y el prudente señor Anleo, buen conocedor de todos los «jardines», desde hace años que no circulan por bajo la casa del babilónico... Así que todos a esperar el derribo... y lo que venga.

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