A raíz de divulgarse que durante el 2006 en Catalunya habían quedado embarazadas 125 niñas menores de 15 años, seis escolares han expuesto sus opiniones a requerimiento de La Vanguardia.Testimonio fehaciente de lo que se cuece entre los adolescentes y conclusiones diversas que extraer.
La edad de los seis entrevistados va de los 15 a los 17 años, haciendo gala de conocimiento de causa cuando aluden a niñas de 13 años que ya quieren ir a la discoteca y tomar drogas. Queda implícito que el entorno en que se mueven tiene sus consecuencias, ya que, más allá de la información sexual de que dispongan - al parecer, algunas niñas creen que por una vez que lo hagan no van a quedar embarazadas-, existe la certeza de que el consumo de alcohol y otras drogas inhibe la capacidad de decisión, sea para decir no, sea para exigir un preservativo. Un entorno del cual hay que culpar, ¿a quién? ¿A los padres por consentir que salgan de día y de noche sin control? ¿A las ofertas de ocio encaminadas a obtener lucro indiscriminadamente? Entre las reflexiones aportadas por los escolares entrevistados cabe destacar el impacto que les produce ver en clase a una compañera embarazada, con la barriga en aumento.
La conversación aporta además un razonamiento que debería sorprendernos. Cuando una chica cambia de pareja con frecuencia está mal vista, incluso se llega a mirarla como una prostituta, mientras que los chicos que hacen lo mismo son considerados unos triunfadores. ¿Tanto movimiento feminista para seguir encallados en la tradicional segregación? Ellos, a cualquier edad, continúan siendo los favorecidos por el imaginario social. Claro que, en este apartado de las relaciones sexuales, cabe hallar una explicación en las específicas consecuencias para un sexo u otro. Quien queda fecundada es ella, no él; la protagonista entre abortar o no es ella, no él. Que las niñas, por extensión las mujeres, no sean conscientes de esto en todo momento, constituye un fracaso del feminismo en medio de sus inmensos logros.
Existe aún otro comentario interesante, referido a la necesidad, cuando se sale con un chico, de acceder a todo lo que pide, para no perderlo. Si nos retrotraemos al pasado, veremos a nuestras abuelas negándose a besar al novio hasta después del matrimonio. ¿Qué péndulo impulsa a ir de un extremo al otro sin saber hallar el término medio? Falta más respeto por el propio cuerpo, discernir entre afecto y sexo, divertirse sin drogas. Y no son quimeras.
E. SOLÉ, socióloga y escritora.

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