VICIOS DE LA CORTE

A los presidentes de las comunidades erigidos en emperadores de la Trapisonda les ha dado por empapelar a periodistas. España es un país de costumbres fuertes y antiguas: los crótalos, la blasfemia, las tunas, las corridas de toros, los refranes y siempre el bozal. Larra, que hizo de las costumbres un género literario, enunció aquella verdad irónica: lo que no se puede decir, no debe decirse. Ahora no hay censura, ni siquiera censura previa, las hostias vienen después, cuando menos se esperan. El Estado lleva al juzgado a la prosa libre y uno de los países más corruptos de Europa, empieza a sentar en los banquillos no a los políticos rateros, sino a los que denuncian el guinde. La democracia tiene que abrirse paso contra la constante tentación de la correa corta. Pesa más el veneno de la crítica que la libertad de expresión, que llaman espinazo de la democracia.

Antes mandaban los linajes, la azulidad de la sangre, las sotanas y las casacas, hoy mandan los políticos.

Hay que advertir que los de EL MUNDO son periodistas turbulentos que, como en los otros tiempos, se alimentan de Oposición. «Ningún Gobierno les gusta». Francisco Rosell, director de EL MUNDO de Andalucía y Javier Caraballo, redactor jefe, creyéndose al poeta habían llegado a pensar que la libertad de prensa es una luz armoniosa y fija que se siente por dentro: han acabado ante los ropones. Publicaron que estaba siendo espiado el presidente de la Caja de San Fernando. El fisgado era un socialista, Juan Manuel López Benjumea, que se rebeló al proceso de Caja Unica, una opa de burgo podrido, que puso en marcha, antes que el AVE, Magdalena Alvarez. Benjumea creyó que estaba siendo acosado por ETA y contrató un detective. El detective, finalmente, localizó a la persona que seguía al presidente de la caja y le grabó el vídeo. El hurón admitía que el trabajo se lo había encargado Chaves. EL MUNDO publicó la información.

Hoy, después de que una juez de Sevilla haya impuesto a EL MUNDO la fianza más alta que se recuerda, 700.000 euros, por injurias y daños al honor, los procesados se han enterado de lo que vale una peineta. Así andan los precios de la injuria. Por injurias a los Príncipes de Asturias, 3. 000 euros; por profanar a la figura sagrada del presidente de Andalucía, tan antigua como la de Tutankamón, 700.000 euros. Chaves no es un soguilla, es presidente de Andalucía y presidente del partido de la mayoría que gobierna España. Acusa al periódico de haber mancillado su honor. Inició una batalla contra el periódico a pesar de que la Audiencia rechazó que pudiera continuar en el caso como presidente de la Junta y con los servicios jurídicos de la administración. Se retiró el fiscal, pero Chaves, al mando de una Andalucía sumisa, sigue adelante como particular la batalla contra EL MUNDO.

Es la maldición de Tutankamón.

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