Las imprevisibles reacciones del comandante Chávez siempre han dado paso a la pregunta de si realmente se trata de una persona incapaz de controlar sus reacciones o si, por el contrario, nos encontramos ante un sujeto que sabe realmente lo que quiere y lo busca mediante sus peculiares métodos. Por desgracia, estas reflexiones se pueden estar formulando en unos momentos en los que el dirigente venezolano ha enfilado la verborrea populista en contra de España (en la persona del Rey) y de todo lo que nuestro país significa en las páginas de la Historia, escritas con mejor o peor éxito allá por el siglo XVI.

No es el mejor escenario para España, pero así son las cosas y las personas. Antes le tocó a otros, principalmente a Estados Unidos en la persona de su presidente. Chávez ha tenido también tiempo para dedicarle algún que otro derrote a su vecino, el poderoso Lula da Silva, presidente democráticamente elegido y reelegido para dirigir Brasil, la mayor potencia económica de Latinoamérica. Con Lula, el debate ha sido algo distinto que con los dos “imperios”, entre otras cosas porque el presidente de Brasil no suele recibir clases de izquierdismo (no las necesita) y menos aún de quien no acredita un historial democrático creíble.

A dónde va realmente Chávez es un misterio que debería interesar por encima de todo a los 22 millones de venezolanos, que al fin y a la postre están llamados para decidir, dentro de tres semanas, si le otorgan al dirigente chavista un largo periodo de presencia en el poder, ya que la reforma constitucional tiene por objeto remover los obstáculos de las “democracias burguesas” para dejar el paso despejado a un régimen sin controles democráticos, inspirado en una más que dudosa doctrina progresista sin más aval histórico y doctrinal que el que le ha prestado el propio Chávez. El dirigente venezolano se ha rodeado de un grupillo de incondicionales que cuentan (los dirigentes de Bolivia y de Nicaragua, más la veterana Cuba) muy poco en lo político a nivel internacional y prácticamente nada en lo económico. Más aún, están a expensas (sobre todo Nicaragua y Cuba) de los gestos de caridad que les pueda aportar el caudillo venezolano.

Este es el bloque que se ha configurado en torno a Venezuela que, por lo demás, ha logrado granjearse la enemistad de Estados Unidos (su principal cliente petrolero, ya que recibe más del 60% del crudo venezolano), ahora de España y, de rebote, una complicada relación con la Unión Europea, el aliado económico alternativo a Estados Unidos con que contaba Venezuela para reactivar su depauperada economía. No es probable que España se convierta en los próximos años en un feroz defensor de los intereses chavistas en Bruselas. Lo contrario sería difícil de entender. En sus geoestrategia global, Chávez ha buscado afinidades con Irán y con Rusia, los dos únicos dirigentes de importancia con los que Chávez ha podido hablar últimamente para enhebrar algo así como intereses comunes. En el caso de Rusia, claro está, a base de comprometer importantísimas compras de material militar, no se sabe muy bien para qué. Chávez es consciente de que su poder, hoy, con el crudo a más de 90 dólares por barril, es impresionante y no duda en utilizarlo al servicio de sus proyectos.

Venezuela es, en efecto, una de las economías con mayor potencial del mundo, según algunas estadísticas el segundo poseedor mundial de reservas de petróleo tras Arabia Saudí, aunque para validar esta posición deben contabilizarse las reservas en crudos pesados, de más difícil y sobre todo más cara extracción. Sin contar estas, Venezuela representa casi el 7% de las reservas mundiales de crudo. Con el petróleo a 90 dólares, o camino de 100, Venezuela es posiblemente el país (junto a Canadá) más beneficiado del nuevo entorno energético en el mundo de los hidrocarburos, habida cuenta de que sus reservas “dudosas” (es decir, el crudo de muy baja calidad y altos costes de recuperación) entrarían en el terreno de las reservas probadas y económicamente recuperables.

Pero Chávez tiene un problema. Desde finales del año 2002 (último intento de echarle del poder por la fuerza) se ha quedado sin la flor y nata de sus técnicos petroleros (echó a varios miles por simpatizar con los golpistas mediante una huelga). Y, por si fuera poco, su torpeza diplomática (que no necesita demostración) ha generado tal grado de inseguridad jurídica entre las empresas petroleras que nadie se atreve a meter un dólar en este país para contribuir a ayudarle a poner en valor sus enormes riquezas petrolíferas. Hay técnicos en el país, a pesar de todo, y no le falta dinero, ahora que el crudo está tan caro. Pero los técnicos no son suficientes y el dinero dista mucho de ser el necesario para poner a Venezuela en el puesto que hoy le correspondería en el mundo de la energía. Sobre todo, carece de la tecnología extractiva suficiente para elevar la producción, una necesidad imperiosa a la que el régimen de Chávez no ha sido capaz de dar respuesta. Hoy produce menos crudo que hace seis años. Y sus inversiones no representan más que una tercera parte de las que compromete cada año su vecino mexicano. La situación no es, desde estos puntos de vista, muy boyante para Chávez, mientras sigue haciendo amigos.