La cumbres de mandatarios, a no ser que se reúnan para planear algo como una razia, un magno robo, una invasión o una guerra, que les vaya a reportar con seguridad pingües beneficios a todos, suelen ser borrascosas. En ellas, como en la novela de ese nombre de Emily Brönte, siempre hay uno que hace, aunque sea mal, chapucera y grotescamente, sin pizca de la seducción del personaje, el papel de Heathcliff que, salido de la nada del arroyo, se convierte en un Gengis Khan, un Atila, un Alejandro en bruto, que se apodera de todo y de todos y se hace el amo. En Chile acaba de producirse una buena borrasca debido al presidente venezolano, que se parece tanto al soldadito revolucionario de la canción como santa María Goretti a Exuperancia Rapú, de la que poco se sabe, pero se tragó toda la gama de marrones de una historia sórdida. Allí estaban griegos y teucros: los jefes de la hispanidad, de la Madre Patria y de las hijas ultramarinas que poco la quieren, por mucho que se cuenten historias de amor al respecto, y un rey muy quemado, que ya sin duda cruzó el charco chamuscado, tras haber ardido aquí en foto. La escena fue una comedia bárbara, un esperpento hispanoamericano, con su Tirano Banderas, su Cara de Plata, su Señor Presidente, su Cara de Angel, su Coronelito de la Gándara, sus Marías Tecún, sus Isabeles Cuétara de Moncada y sus Niñas Chole perplejas y silentes, todo envuelto en aires de Comala, Ixtepec y Macondo. El monarca trató ingenuamente de hacer callar al de Venezuela, sin parar mientes en que allá a la gente no le impresionan las majestades y que, como le ocurre a Castro, no es que sufra de incontinencia verbal debido al clima, sino que es cafeinómana y puede estar hablando horas y horas, sin que se duerma el orador ni que empiece a bostezar siquiera la audiencia. Lo que se había visto ya en otras ocasiones y volvió a verse el otro día es la revelación palmaria de la escuela que España estableció allí a lo largo de varios siglos de virreyes, inquisidores y mucho ejército: maneras de cacique terrateniente, abuso de poder y autoridad, altanería de señor todopoderoso, desdén de ricacho y gesto soberbio de dueño esclavista, látigo y fusiles. La almáciga que llevó a esas tierras dio excelentes resultados. Sus plantas carnívoras siguen creciendo y engordando, orondas y vocingleras. Todo un éxito.

Carmen Gómez Ojea. Escritora.