LA NECESIDAD DE DAR UN IMPULSO A LA INVESTIGACIÓN

La convergencia entre el sistema productivo y los investigadores es imprescindible, aunque uno y otros parezcan no darse cuenta.

El 30 de agosto de 1916, Ernest Shackleton, desde la cubierta de un remolcador chileno que había zarpado cinco días antes de Punta Arenas, contaba las diminutas figuras que se movían febrilmente en la playa de la isla Elefante, en el extremo septentrional de la Antártida. "¡Veintidós, siguen todos vivos!", exclamó. Él y otros cuatro hombres habían hecho 1.300 kilómetros en una escueta lancha, desde la isla Elefante hasta la estación ballenera de Georgia del Sur, en busca de ayuda, después de que el Endurance, su barco, se hiciera pedazos, estrujado por los hielos del mar de Weddell. Habían zarpado de Plymouth dos años antes con la intención de atravesar la Antártida caminando. No llegaron ni a poner los pies en el continente austral. Pasaron doce meses cautivos a bordo del Endurance y otros trece vagando por la banquiza y las islas antárticas. Sobrevivir tras el fracaso les dio más fama que haber logrado su objetivo.

Toda esta fantástica historia se explica en la exposición Atrapados en el hielo, que, auspiciada por Caixa Catalunya, puede verse en el Museu Marítim de Barcelona. Solo contemplar las fotos y las filmaciones de Frank Hurley, el fotógrafo de la expedición, ya merece la pena. Pensar que Hurley salvó ese material entre tantas tribulaciones estremece. Pero en la exposición, comisariada por el investigador antártico Jerónimo López, hay mucho más, como información acerca de las investigaciones en curso en la Antártida.

¿Qué se nos ha perdido en ese lugar imposible? Es la única tierra del mundo que no pertenece a nadie, aún. Solo hay en ella bases de investigación, aunque concita muchas apetencias de los países australes y de las grandes potencias (por septentrionales que sean). El continente antártico tiene 14 millones de kilómetros cuadrados (Europa apenas 10 millones), sobre los que hay una masa de hielo continental de un grosor que oscila entre los 2 y los 4 kilómetros. ¿Por qué despiertan tanto interés esas tierras hiperaustrales, y también las hiperbóreas?

Del 2007 al 2008 se celebra el año Año Polar Internacional. Es su cuarta edición. Las anteriores fueron en los bienios de 1882-83, 1932-33 y 1957-58. Esta vez se llevarán a cabo hasta 229 proyectos de investigación que permitirán conocer hechos relacionados con la geología, la biología, la oceanografía y la climatología. En los polos pasan cosas que no ocurren en ninguna otra parte. En ellos se nos perdió eso: el interés por saber, por aclarar fenómenos desconocidos y por obtener informaciones capitales.

LOS HIELOS antárticos, concretamente, han atrapado muchas cosas, además del barco de Shackleton. Atraparon aire. Año tras año, siglo tras siglo, burbujas de aire atmosférico quedaron retenidas en sucesivas capas de nieve helada. Casi cinco kilómetros de hielo en ciertos puntos, correspondientes a centenares de miles de anualidades, atesoran información valiosísima. Gracias a tales registros, podemos conocer la evolución de la composición de la atmósfera terrestre. Por ello sabemos que nunca los humanos vivieron en una atmósfera tan cargada de dióxido de carbono como hoy. Por ello los expertos del Panel Internacional del Cambio Climático, reunidos estos días en Valencia, pueden pisar fuerte ante los escépticos que aún dudan de la evidencia.

Entre nosotros, eso tampoco resulta tan raro. La sociedad catalana y española mira la ciencia de lejos. Ningún científico español participó en las dos primeras ediciones del Año Polar Internacional, y solo Eduard Fontserè hizo una pequeña contribución a la tercera. En la que ahora se celebra hay ya implicados varios equipos españoles, pero en la calle se ignora. La Antártida fue avistada por vez primera en 1603, por Gabriel de Castilla, pero la ciencia española no puso en ella los pies hasta tres siglos y medio más tarde, y tímidamente. El conocimiento científico no es una prioridad entre nosotros. Por eso, en un mundo más que tecnificado, vamos a remolque.

LA GENERALITAT de Catalunya ha comenzado a promover un Pacte Nacional per a la Recerca. Tras un año de reuniones de concertación entre universidades, centros de investigación y agentes culturales, empresariales y financieros se dispondrá de un escenario a dos décadas vista hacia el que propender. Nos hace mucha falta. Socialmente desencuadrados, los investigadores dan palos de ciego. No reciben recursos suficientes, porque tampoco tienen demasiada demanda. Eso debe acabarse. El sistema productivo los necesita, pero no parece saberlo. Ellos necesitan al sistema productivo, pero no parece interesarles. La convergencia es imprescindible. Solo así la investigación formará parte de la economía. Y solo así la investigación no económica también será posible.

Shackleton reclutó a su tripulación a partir de un anuncio hecho célebre: "Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se garantiza el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito". Necesitaba 26 hombres. Se le presentaron más de 4.000. ¿Cuántos de nuestros jóvenes responderían hoy a la llamada? ¿Cuántas expediciones para generar conocimiento seríamos capaces de organizar? Estamos atrapados, y no precisamente en el hielo. Bienvenidos los pactos para la investigación.

Ramón Folch. Socioecólogo, director general de ERF, presidente del Consejo Social de la UPC.