BULEVAR

Es muy posible que, a rasgos generales, sólo haya dos maneras de mirar la vida: con el telescopio y con el microscopio. Lo cual vendría a ser una sutil metáfora que define, delimita y cualifica nuestro fugaz pero intenso tránsito por este mundo.Cuando se observan galaxias lejanas a través del telescopio, estamos viendo también un modo de «relacionarse» de los cuerpos celestes. Ahí, por ejemplo, los agujeros negros serían un cáncer terminal y una supernova el nacimiento de algo vivo, o presuntamente capacitado para generar vida tal y como lo entendemos.

Por el contrario, cuando miramos hechos que ocurren a nuestro alrededor también estamos viendo una perfecta reproducción a escala ínfima que resume la vida en su totalidad. Esto sucede, sobre todo, con cuanto se relaciona con los niños, quizá porque tuvo mucha razón Disrael al afirmar que con cada niño vuelve a nacer la Humanidad entera. Así es, para lo bueno y para lo malo.

Quien tiene críos sabe lo que significan las zonas de columpios, los parques de toboganes, etc. Son oasis en los que, sin distinción de generaciones o clases sociales, la chiquillería se entrena a su solaz haciendo lo que mejor saben hacer entre esa franja de edad que oscila entre los dos y los cinco años: comportarse de modo egoísta, absurdo y entrañable. Si fuese por lo primero serían insufribles. Gracias al cielo también está lo otro. Eso hace a cada niño irrepetible y mágico.

Reclaman constantemente la atención, no sólo de sus padres o abuelos, sino de cualquier víctima que les ponga el ojo encima y ellos lo detecten. «Mira, mira qué hago...» y coletillas por el estilo, pueden ser repetidas hasta el derrame cerebral.

Desean volver a sentirse bebés (o más exactamente una simbiosis ideal de bebés y Supermán) y constituyen un espectáculo en sí mismos. Son capaces de crear mundos (micromundos)a velocidad luz, dejándote con un paralís de aúpa si intentas seguir su rollo.

En cada niño late el universo de Alicia, pero elevado a la enésima potencia. Lo que consigue que en el pack vaya incluida una buena dosis de esquizofrenia. Pero bueno, se trata de la esencia de nuestra propia esquizofrenia, de modo que lo consentimos y, en la medida de lo posible, participamos de esos mundos poliédricos y multidimensionales. En el corral político sucede otro tanto, con la salvedad de que el asunto es mucho más esquizofrénico que entrañable, y si no, veáse la actitud del PP negando que ellos estuvieran detrás de la Teoría de la Conspiración o increpándole a Zapatero tener las «amistades» que tiene. Si ZP muriese mañana de un infarto le acusarían de haber palmado antes de tiempo.

España es, si cabe, una gran zona de columpios con un gallinero ideológico siempre al borde de la histeria. Mirando al microscopio vemos las dos Españas: la canalla, con Belén Esteban al frente, y la pensante, con una Angela Valvey ejerciendo de paladín de la derecha liberal. Juro que no sé cuál me da más miedo. Es decir, sí lo sé, pero me callo.

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