DECADENCIAS

Para ser un escritor de calidad (déjenme ser tautológico), lo primero es la calidad misma, con un poco de musa o de genio. Y eso el colombiano Fernando Vallejo lo tiene, más visible en la novela que en el ensayo. Pero hay dotes adyacentes que ayudan al sello del escritor: la mundanidad, el glamour, la soledad, el malditismo, el inconformismo y, por qué no, lo iracundo. Fernando Vallejo -que saltó al gran baile mundanal con el sortilegio de su novelita La virgen de los sicarios, para mí lo más redondo de su obra- tiene tres de esas luces coadyuvantes: es maldito, presume de su amor a los muchachos y desdeña a la familia y el poder. Es inconforme, porque casi nada de este mundo le gusta, y se diría que para él (como para los cátaros) no vivimos en la creación del Bien sino en la del Mal. Pero a todo ello -de por sí discordante-, suma la ira. Hombre iracundo, en sus libros a menudo hay gritos de impecable sintaxis, porque todo lo que siente injusto y mal, literalmente le descompone...

¿Cómo extrañarse de que personaje tan apocalíptico y tan a la contra escriba un libro ensayístico sobre la Iglesia Católica, diríamos que un apasionado y terrible panfleto lleno de información, de caos creativo y de santa ira, titulado La Puta de Babilonia (Seix Barral) Para Vallejo, gran parte del mal de la Historia nace de las religiones del Libro. Y entre las tres, la suya, en la que fue educado, la cristiana católica y romana. Contra ella arremete haciéndonos ver el mucho daño que esa religión ha causado a lo largo de los siglos a quienes no se sometían a ella, incluyendo la tortura y el crimen...

La Puta de Babilonia (cuando en el texto se dice «la Puta», es siempre la Iglesia) surge, a través de los albigenses y del Apocalipsis donde se habla de castigar a la gran ramera de Babilonia. Vallejo dice que el Apocalipsis es «un libro alucinado y marihuano» y, siguiendo a los mentados albigenses, identifica a la «Puta de Babilonia» con la Iglesia y al Anticristo con el Papa. Por supuesto, un libro como éste (ensayo iracundo) sólo puede gustar o no gustar, aunque ni mucho menos está horro de información o detalles, pues cuando quiere -y dentro de una leve tendencia caótica- Vallejo sabe ser erudito, con citas en griego y en latín, desde los Padres de la Iglesia a las encíclicas... Blasfemia o verdad limpia y pura -por fin verdad en un mundo libre- el lector debe recordar que hasta san Agustín escribió: «Es necesario que haya herejes» (Oportet haeresses esse). Y Fernando Vallejo no es otra cosa, ni otra quiere ser, que un hereje. Un disconforme, un total y radical disidente con los valores morales que desde hace siglos -con más o menos rigor- han gobernado y gobiernan nuestro mundo bienpensante, que para Vallejo no es tal, sino un mundo de lacayos y soplagaitas, pagados por un poder (el papa, Bush et alii...) totalmente maléfico. Para gustarlo o para criticarlo, el libro y su autor valen la pena. No hay sociedades verdaderamente libres si la oposición (incluso la total oposición) no habla. Y esto es aún más necesario en moral que en política. ¿Por qué? Porque si, más o menos, nos hemos acostumbrado a la pluralidad política, aún estamos en mantillas en cuanto a pluralidad moral. Que se lo pregunten a quienes defienden la eutanasia, por ejemplo.

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