Un encuentro con Norman Mailer, de Bernard-Henry Lévy en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
Cape Cod. El fin de las tierras americanas. O -mejor dicho-, su nacimiento, su comienzo, el lugar mismo al que, hace cuatro siglos, llegaron los peregrinos del Mayflower. Aquí, a dos horas de coche de Boston, en este balneario que, además, ofrece la otra particularidad de haberse convertido, con el tiempo, en una ciudad casi exclusivamente habitada por gays, fue donde, el 20 de enero de 2005, tras mi American vertigo, me encontré por última vez con Norman Mailer.
¿Qué hacía él allí? ¿Cómo es posible que el niño de Brooklyn, el neoyorquino de corazón y de voluntad, el supermacho de los seis matrimonios, el hombre del que la feminista Kate Millet dijo que era la quintaesencia del «cerdo heterosexual y machista», cómo es posible que este hombre pudiese haber elegido domicilio en esta ciudad cuando menos especial? Lógicamente, se lo pregunto. Es incluso una de las primeras cosas que le pregunto, cuando le veo surgir, en un salón bañado por la luz, pequeño, barrigón, todo él cuello y torso, redondo y embutido en su chándal sin mangas, con la cabellera blanca intacta, sus ojos azules que me escudriñan y sin haber perdido nada de su ironía.
La casualidad, me responde, riendo a carcajada limpia. Nada más que la casualidad. Buscaba un lugar tranquilo para poder trabajar a mi ritmo. Y apareció éste. Cape Cod. Y en Cape Cod, esta casa bella y luminosa, en las dunas, frente al mar, ideal para hacer provisión de silencio y de soledad. Porque, ¿cuál es -añade- el problema número uno de los novelistas que, por fin, han comprendido que el tiempo se les echa encima? Aislarse. Exiliarse en su propio país. A veces, como Philip Roth, esconderse en su propia casa. Saltar fuera del alcance de esos otros asesinos que sólo sueñan con reducir a cenizas el deseo de los escritores de escribir. Y, en medio de esta burbuja, de esta reserva ardiente, de esta capilla, escribir libros sin piedad, libros que ya nadie espera.
Norman Mailer tenía 82 años ese día. Y no los aparentaba, no. A pesar del alcohol, de las drogas, de los excesos de sus vidas sucesivas, a pesar de la sordera que avanzaba, a pesar de las piernas que a duras penas lo sostenían y le conferían ese aspecto de pequeño golem de piedra, a pesar de su aspecto de viejo boxeador salido del ring o de antiguo marino que se ha instalado definitivamente en tierra, presentaba una apariencia juvenil que, según me cuentan, conservó hasta el final.
Lo único es que daba la impresión de no ser ya totalmente de este mundo. El auténtico, el único estigma de la edad es, en el rostro de este gran vividor al estilo de Hemingway, el aire de ausencia que adopta desde que se intenta hablarle no sólo de sus libros, sino también de sus hazañas. ¿La guerra en el Pacífico, Vietnam, los años de Nixon, el encuentro con Castro, la candidatura a la Alcaldía de Nueva York, los desnudos, las muertes, las batallas por los derechos cívicos? El viejo marino responde, como es lógico. Pero sin chispa. Sin elocuencia. Como si su energía estuviese en otra parte, aquí, en Cape Cod, metida en el libro en curso, apretada en los pocos años que le quedan para escribirlo, economizada, pues, calculada, con otra inteligencia del tiempo, otra cualidad de presencia, una especie de presente colosal que, a la inversa de las enfermedades clásicas de la memoria, aplastaría lo vivido y enfocaría todos los proyectores únicamente sobre lo que está a punto de hacerse.
Eso sí, no se arrepiente de nada. Y no está triste. Ni inquieto. Sería, incluso, del tipo de gentes como Ravelstein de su amigo-enemigo Bellow, que dicen a su visitante que «adoran la existencia» y que «no tienen prisa por morir». Pero cuenta el tiempo, eso sí. Y no para de contar el número de días que le quedan. El número de horas que le roba una entrevista. Los libros que ya no podrá leer. Sus ojos, ahora tan frágiles, que tiene que cuidar para escribir sus propios libros. Las horas, casi los minutos, en las que es, cada día, realmente dueño de su arte. Su mano, que hay que cuidar. Su aliento, que tiene que retener para no perderlo y poder crear. No como otros de sus viejos enemigos, escribir para no morir, sino no morir para terminar de escribir. No la posteridad, esa inmortalidad de las almas débiles, sino, como un personaje que está «a punto de perder el aliento», ser inmortal, inmediatamente inmortal y, después, morir.
Entonces, a veces, llegada la noche, vuelven los espectros de Gilmore, Marilyn, Oswald, Muhammad Ali, esos héroes de una América que sólo parece haber existido para terminar en sus bellos libros. A veces, la puerta se entreabre y surge la imagen de una velada en casa de los Kennedy, en Hyannis Port, a donde había ido como vecino. El recuerdo de aquel cóctel en el que provocó a pelear a McGeorge Bundy, el consejero diplomático de Lyndon Johnson. O incluso la cena con la señora Bush madre, que le escuchó, estupefacta, describirle sus desavenencias con el diablo de su hijo presidente.
Pero, en conjunto, todo eso se detiene. Su vida ya sólo es una continuación de sombras pálidas, de largos aburrimientos, de provocaciones estériles y de malentendidos. El más secular de los novelistas americanos, el inventor del Nuevo Periodismo, el escritor comprometido por excelencia, el hombre que cubrió las convenciones demócratas para convertirlas en premios Pulitzer, termina como Proust o como Kafka, con los ojos fijos en la eternidad. Este mundo ya no es el mío, mi último sueño no es para vosotros, me enfrento, pero a otra cosa, a mi novela más audaz, espera, ya lo verás.
Bernard-Henry Lévy es escritor y filósofo, y está considerado como uno de los intelectuales más influyentes de Francia.
© Mundinteractivos, S.A.
