Suso de Toro se empeña en desarmar el mito de ´amateurismo´ del presidente en ´Madera de Zapatero´
El drama, por el que Zapatero siente aversión, irrumpe rocoso, esparciendo ondas concéntricas por las realidad líquida. A veces, y la sesga. Pero el drama no es de madera, dúctil, maleable y menos densa que el agua. Madera de Zapatero seguro, sin querer- en la materialidad de esa huida de la tragedia y la hipérbole de la España bullente que Zapatero practica. Un leño que flota en los vaivenes, se flexiona ante el viento y exhibe gracilidad donde el pedernal se afianza inamovible, innegociable. Y así fue la presentación que, moderada por la periodista Àngels Barceló, protagonizaron ayer retratista y retratado en Madrid.
El libro de De Toro, como la foto de Luis Gaspar que ocupa la portada, huye de sombras desfavorecedoras mediante una luz blanda, rebotada en los testimonios de sus amigos y colaboradores, para dibujar a un tipo silencioso, reflexivo inalterable y absolutamente convencido de su papel y su compromiso político. Desmiente De Toro la repetida acusación de amateurismo que con frecuencia se hace al presidente y lo presenta como un político de raza, preparado y curtido.
No hay trampa ni cartón. Lo mismo que Zapatero confesó haber desoído a sus asesores - con tino, le aconsejaron que se dijera arrebolado por el pudor de acudir a un acto de ensalzamiento- y manifestó, risueño, su agrado; igual De Toro confesaba que era un libro "a favor", escrito desde la reverencia sincera, un retrato de cámara, eso sí, realizado a iniciativa del escritor y no por la siempre bien pagada modalidad del encargo.
En sus páginas, en las que arranca en León y concluye en la Moncloa, habla Zapatero en primera persona de su republicanismo, de la integridad de su padre y del afecto de su madre, y de la relevancia de una y otro para su carrera política. Hablan sus colaboradores de cómo descubrieron al silencioso diputado leonés y recuerdan el célebre "No estamos tan mal", en aquel congreso del punto y a parte. Y así de amable se mostró Zapatero, confortable hasta la carcajada, confiado en esa ligereza inaprensible, tan irritante para el rival. Citando a De Toro: Alí saltarín y no Frazer plúmbeo.

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