EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 71
Quedamos una fría tarde de enero de 1995 en la cafetería del hotel Palace de Madrid. Le había entrevistado dos veces, por lo que me fue relativamente fácil concertar una nueva cita, aunque aquélla era diferente: llevaba conmigo el vértigo del que pide y la humildad casi del menesteroso, del ser minúsculo ante el gran maestro. Quería que me prologara mi primer libro y, como la leyenda le precedía, temía que la suya se manifestara en carne viva, y en cuerpo de negativa.
Umbral pidió un whisky, yo un café y hablamos apasionadamente del convulso momento político del país, de Pedro J., a quien yo me había referido en una columna como el Tercer Hombre, el David que se había convertido en la pesadilla del Goliat del felipismo. La descripción le había hecho gracia y me relató, a modo de enigma, que cuando Lacan empezó a frecuentar interesadamente a Heidegger, dijo irónicamente: «El psiquiatra necesita un psiquiatra» destacando que el director de EL MUNDO era «el psiquiatra del psiquiatra» de esta democracia, el encargado de hacer la lectura al revés del discurso triunfalista y distorsionado de la realidad española que dibujaba la paranoia política de Felipe.
Cuando ¡por fin! me atreví, tímidamente, a sugerirle que ejerciera de maestro de ceremonias de mi primera criatura literaria, que me prestara su codiciado tiempo, su fina pluma y su genialidad, lo hice con tal pavor que fue él, y no yo, quien franqueó el camino. Dijo un «sí» rotundo, radical, sin ninguna concesión a la adulación. Sólo cuando le comenté que la obra pretendía destapar los trapos sucios de las cloacas del Estado, contar la historia de la historia, la trastienda de todos los escándalos políticos que habían visto la luz por la labor de investigación de un puñado de periodistas valientes, me advirtió que me ganaría un selecto ramillete de enemigos poderosos. «Unes tu suerte a P.J.R., ese nuevo ciudadano Kane con la edad de Billy el niño ( y con igual rapidez a la hora de sacar) y eso tiene un precio, prepárate para sobrevivir peligrosamente».
El día que se presentó el libro, el maestro me recordó una pintada de la Sorbona en el 68: « Las estructuras del poder no bajan a la calle» y añadió que, por eso, este periódico ha tenido que internarse en los pozos sépticos, para conocer e informar de la verdad. «EL MUNDO no es un periódico de escándalos -dijo-, escandalosa es la vida, y el que no quiera enterarse de lo que pasa que se compre una revista de poesía etrusca... u otro periódico».Yo me limité a agradecerle su generosidad afirmando que su ácida anticolumna era uno de los «escasos placeres que tenía todos los días».
Un mes después volvimos a quedar en el Palace. Quería regalarle algo especial y le pedí a mi padre que se desprendiera de un tesoro familiar: una de las dos pitilleras de plata que conservaba de mi abuelo, y que era un icono en los recuerdos de mi infancia. Sabía que Umbral no fumaba, pero imaginé que entendería el significado de aquel objeto. Al día siguiente escribió en Los placeres y los días: «Esther Esteban me regala una pitillera de plata maciza y antigua..., pero ni yo fumo ni se llevan las pitilleras. Si no llevara dentro sentimientos confesables de la autora, se lo regalaría a alguna amiga fumadora, pero los maridos son muy mosqueones con el tabaco del otro».
Soy umbraliana empedernida y si él hoy estuviera aquí, ocupando su columna insustituible, seguro que leeríamos algo así como: «Y el Borbón con dos cojones...».
© Mundinteractivos, S.A.

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