Hans J. Morgenthau hablaba hace sesenta años del declive de la diplomacia. En su Política entre naciones situaba el inicio de su proceso de decadencia hacia fines de la Primera Guerra Mundial. A su entender, fue entonces cuando se afianzó la idea de que los métodos tradicionalmente asociados a su práctica y muy concretamente las negociaciones secretas no alimentaban la causa de la paz sino que engordaban la de la guerra. Morgenthau lo constataba con cierta nostalgia y, para dar grosor literario a su humor melancólico, aprovechaba para recordar una definición y una anécdota. La definición, que se atribuía al dieciochesco sir Henry Wotton, del diplomático como "un hombre honesto enviado al extranjero a mentir por su país". Y la anécdota que cuenta que Metternich, tras ser informado sobre la muerte del embajador ruso en el Congreso de Viena, habría exclamado: "Ah, ¿es cierto?, ¿cuál habrá sido su intención?" Ambas, comentaba, ponen de manifiesto que la mala reputación de los diplomáticos era tan vieja como su oficio. Pero daba a entender que una cosa es que un antiguo trabajo tenga mala reputación, otra que no sea necesario y que ambas cosas son distintas de la pregunta de si es posible su supervivencia en la época de la aviación.

Morgenthau cargaba a Woodrow Wilson y a su famoso discurso de los Catorce puntos el mochuelo del descrédito de la diplomacia. El primero de estos puntos expresaba el deseo de que los procesos de paz fueran absolutamente abiertos y que no dejaran lugar para acuerdos ocultos a la opinión pública y al servicio del interés de los gobiernos particulares. La aceptación cada vez más generalizada del prejuicio a favor de la transparencia que este deseo expresaba habría herido una diplomacia que se daba por hecho que tenía en lo arcano su hábitat natural y en el disimulo su forma de vida. Y el inicio de la guerra fría, marcado por una ideologización bipolar de las relaciones internacionales en la que la mentalidad rígida, implacable y obsesiva del cruzado se imponía a los planteamientos flexibles, versátiles y realistas del diplomático, habría ahondado esta herida. Morgenthau lo lamentaba y defendía la exclusión de las posiciones idealistas en política exterior, y el retorno a la diplomacia y a un realismo basado en el interés nacional entendido en términos de poder y, en el mejor de los casos, satisfacible a través de la satisfacción simultánea de los interés de otros países.

Morgenthau murió en 1980. Nunca sabremos su opinión sobre el rifirrafe registrado días atrás en la cumbre iberoamericana de Chile. Pero si levantara la cabeza su opinión sería irrelevante. Morgenthau murió antes de que Ronald Reagan naciera como presidente y dictara sus lecciones. Parecía ignorar que el idealismo puede ser la mejor imagen de marca del realismo. Disimulaba que el interés nacional bien entendido comienza por la defensa de los intereses de las multinacionales. Y hablaba, sin oficiar de necrólogo, del inicio del declive de la diplomacia.