BULEVAR

En enero me preguntaba aquí mismo si habría leído Montilla el Gog de Giovanni Papini, especialmente el cuento del chico pobre, ambicioso y tenaz. Convencido de que habiendo ricos y pobres es imposible que Dios exista, se propone llegar a Papa de Roma para desvelar la verdad desde la silla de San Pedro, el día de su toma de posesión: «Dios no existe y por tanto la Iglesia es una estafa para pobres de espíritu.»

Llega a Papa. Pero, para entonces, por convicción o conveniencia -o uniendo lo útil a lo agradable como decimos los franceses-, ya se ha convertido. O se ha convencido de que decir lo que conviene a la Iglesia es lo conveniente para todos. De modo que, en el mismo instante de cumplir su sueño, dice lo mismo que sus predecesores: que Dios existe y que la Iglesia es la casa de Dios y de quienes creen en él, que son los buenos de la película. Me preguntaba en enero si, a juzgar por ciertos indicios, no sería el Molt Honorable José Montilla una reedición del Papa de Papini. Ahora ya no parece caber duda: lo es.

En Cornellà, ciudad periférica de autopatronos charnegos donde el hoy Molt Honorable fue alcalde antes de ser presidente de la Diputació de Barcelona, algunas personas con las que tuve trato paciente parecían tenerlo claro: aunque quisiera, Montilla no podría ser El Zorro Justiciero porque estaba atado de pies y manos. Pasar de inmigrante con una mano delante y otra detrás a propietario una casa de mil metros cuadrados en un municipìo donde tu señora esposa es responsable de Urbanismo, implica pagar ciertos peajes a la Santa Camorra Catalanista que hace y deshace aquí desde siglos.

Cuando un periodista oye algo sobre un personaje público y se lo cuenta a sus lectores no dice que ha ocurrido: deontólogo impecable, comunica que aquello se dice. Tampoco cabe descartar la hipótesis de la conversión, ya aludida. El caso es que probablemente ya no dirá: «La nación catalana no existe. El nacionalismo es una engañifa para pobres de espíritu.»

Lo peor del acceso de un charnego ejemplar al escalón político supremo de Cataluña, en nombre además de un partido presuntamente de izquierdas, es que no deja resquicio para la esperanza. Ni siquiera para materializar aquello de «es necesario que algo cambie para que todo siga igual». Porque la frase de Lampedusa, tantas veces mal citada, la ilustra él.

«Cuando lleguen los socialistas...», decían durante el ventenio de Pujol. «Cuando manden los capitanes...», suspiraban durante el trienio estatutero de Pasqual Maragall. Ahora, con los rojos teñidos de verde mustio, los ultranacionalistas catalanes secuestrando la palabra esquerra en sus siglas y los nacionalistas españoles del PP infeudados a la jerarquía eclesiástica, es decir, a la derecha eterna, descartada por sensatez elemental la aterradora coyunda CiU-ERC soñada por Artur Mas y descartados los tres chicos de Ciutadans, solo queda la revolución. Que sea nacionalsindicalista o bolivariana, es imposible. Y además es lo peor, como su nombre indica.

ivan.tubau@uab.es

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