LAS AFUERAS

¿Por qué es tan difícil hacer un buen programa de literatura en televisión en prime time? La respuesta es simple: porque se pretende interesar a aquéllos a quienes no les interesan los libros, con lo que se consigue este misterioso milagro: espantar a los interesados en la literatura -como espantaría a los que saben inglés un cursillo televisivo que enseñase inglés- y no lograr interesar a los desinteresados, que siempre encontrarán a esa misma hora cualquier otra cosa que les interese en cualquier otro canal. La pregunta evidente entonces es: ¿por qué esa necesidad de hacer un programa de literatura en televisión para aquéllos a los que no les interesa la literatura? Es muy sencillo: se parte de una especie de desafío que más o menos dice: «Vamos a demostrar a quienes no tienen interés alguno en los libros que la literatura es de lo más interesante». Y la demostración se apoya en el lenguaje visual más actual, se copian los énfasis del videoclip, se imprime velocidad al ritmo para no caer en el horror vacui, en los tres segundos de titubeo de un entrevistado que se está repitiendo a sí mismo la pregunta que le acaban de hacer para responderla. Se copia, en fin, la estrategia de la revista dominical, que consiste en hablar de muchas cosas superficialmente, aquí un reportaje sobre el Congo, aquí las casas más bonitas de la Costa Brava, aquí nuestra sección gastronómica, aquí una entrevista con una actriz que acaba de estrenar una película. Como se supone que el programa va destinado al gran público, sólo se habla de autores que conoce el gran público y que por lo tanto apenas necesitan presentación: una evidencia más de que el gran crítico literario de nuestro tiempo es el empleado de la sección de librerías de El Corte Inglés que para demostrar la calidad de un libro recurre al «se está vendiendo mucho».

No deja de ser raro que pase esto con la literatura. Quiero decir: que a los que hacen el programa semanal sobre el turf no se les ocurre hacer un programa para gente a la que no les interesan las carreras de caballos. Son didácticos, sin duda, pero dan por hecho que quien se va a pasar media hora viendo el programa, algo interesado está en el mundo de los caballos. Una retransmisión de patinaje artístico no necesita bajar el nivel o imprimir velocidad a las actuaciones de los deportistas para que la más joven generación encuentre en ellas un eco del vertiginoso ritmo con el que vive.

Por todo ello, me parece que Página 2, el nuevo programa de libros de La 2, cae en ese complejo inexplicable de querer ser un programa para aquéllos a los que la literatura, ni fuh ni fah. Los libros recomendados están en las listas de los libros más vendidos. La entrevista es a un autor superventas, los fragmentos que se leen con fondo de imágenes sugerentes son de un superventas. La sección cine y literatura se conforma con decir cuatro banalidades sobre la película literaria elegida. Todo ello en consonancia con la declarada intención de los responsables del programa de «conseguir que la gente le pierda el miedo al libro». ¿La gente? ¿Qué gente? No parece un reparto muy justo que se haga un programa sobre aviones partiendo de la premisa de que lo que se pretende con él es conseguir que quienes tienen miedo a volar lo pierdan: aquéllos a los que les interesan los aviones no verían justo que el programa se presentase como un programa sobre aviones. También han dicho los responsables de Página 2 que el suyo será un programa muy televisivo, como queriendo decir que será más televisivo que literario. Pero televisivo es todo lo que sale en televisión. La idea de que un videoclip es más televisivo que un debate político es bastante pobre, y si se pueden programar en horarios de máxima audiencia debates entre comentaristas políticos que no necesitan que se inserten entre sus ladridos ningún videoclip para apresurar el ritmo, no se ve por qué razón los literatos no merecen el mismo tratamiento. Todo ello lleva a sospechar que lo que triunfa en la conciencia de los responsables del programa es la desconfianza hacia la propia materia del programa, como si ella sola, sin la ayuda de los mecanismos de la televisión, no pudiera apasionar a nadie. Se parte pues de un lugar común que sólo tiene éxito entre aquéllos que dan por bueno, alegremente, que literatura y aburrimiento son prácticamente sinónimos, que libro y tedio son hijo y padre. Es lástima que a ese grupo de personas pertenezcan también muchos editores, orgullosos de haber conseguido que un libro llegue a los 20.000 ejemplares, aunque callen que también son los responsables de llenar mesas de librerías con malos bestsellers que ni siquiera llegan a los 1.000 ejemplares vendidos.

Lo mínimo que se le puede exigir a un programa dedicado a la literatura es que hable de literatura. Lo que sea la literatura puede dar lugar a controversias, pero todos estaremos de acuerdo en que la opinión que menos habría de pesar sería la de un vendedor de la librería de El Corte Inglés, que es la que parece haber inspirado este nuevo programa.

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