Pese a sus diferencias de trayectoria, psicología y formación, Touriño y Zapatero comparten algo que los iguala y explica el parecido que presentan ciertas formas con las que encaran su responsabilidad de gobernar: los dos llegaron al poder casi por los pelos y los dos viven obsesionados con que el PP vuelva a perder las elecciones por los motivos por los que ya en su momento las perdió.

Zapatero no ha dejado de hablar de la guerra de Irak y el 11-M. Aunque lo ha hecho, supuestamente, para responder a la insidiosa y enloquecida teoría conspirativa que el PP ha ayudado irresponsablemente a propagar, Zapatero y su Gobierno han celebrado sin desmayo el suicida empeño de Acebes y Zaplana por mantener atado a su partido al potro de tortura de los atentados de Madrid.

Tanto es así, que al día siguiente de que el presidente del Gobierno llamase, tras conocerse la sentencia, a pasar página, el PSOE divulgaba un vídeo, preparado obviamente hace semanas, cuyo objetivo no era otro que seguir en la página pasada para tratar de exprimirle todo su jugo electoral.

Tomando ejemplo de esa escuela, que ve en las responsabilidades políticas ya expiadas una fuente inagotable de poder, Touriño ha celebrado el quinto aniversario del desastre del Prestige haciendo un llamamiento a recordar las responsabilidades del Partido Popular, responsabilidades que como Touriño sabe bien fueron decisivas para que él perdiese las elecciones con escaños suficientes como para sumarlos a los del Bloque y llegar a presidente.

La actuación del bipartito en relación con la Ciudad de la Cultura responde también a ese patrón: el interés no es tanto depurar las eventuales responsabilidades penales en que hubieran podido incurrir los gestores del proyecto, cuanto seguir explotando las responsabilidades políticas que el PP pagó ya con el abandono del poder.

Poco sabemos, sin embargo, de cómo afrontaría la Xunta una catástrofe de naturaleza similar a la provocada por el accidente del Prestige y nada de qué piensa hacer el bipartito en el futuro con esa Ciudad de la Cultura que sigue viento en popa sin que nadie se haya molestado en informarnos de para qué servirá cuando esté finalmente construida.

Aunque claro, si de lo que se trata no es tanto de gobernar como de seguir como sea en el Gobierno, la estrategia resulta adecuada: intentar mantener vivos los agravios que ya provocaron una vez la derrota del PP, para ver si los electores pican y se olvidan de que en las elecciones debe sustanciarse la responsabilidad de quien gobierna y no la de quien ya está en la oposición.