VIDAS CONTADAS
INGE SCHÖNTAL FELTRINELLI / Editora y fotógrafa
Inge Schöntal tuvo que tomar las riendas de Feltrinelli cuando su marido entró en la clandestinidad y fallecía poco después, en 1972. Ahora es una de las damas más queridas y admiradas de la edición internacional, amiga de los mejores escritores del siglo XX. Representa el mundo de los editores humanistas, que asumen riesgos por defender las vanguardias literarias, que apuestan a largo plazo por autores que saben que tienen talento. Como su amigo Rowolth: en los años treinta un hombre fue a verla con una maleta llena de papeles: le pedía 1.000 marcos para irse de Alemania. Aquel hombre era Musil y los papeles, El hombre sin atributos. Ella expone ahora sus fotografías en las dos sedes barcelonesas de la librería Central
Cuando sonríe, y lo hace a menudo, Inge Schöntal vuelve a ser aquella muchacha alegre y rebosante de vida que aparece posando despeinada y en traje de baño junto al viejo Hemingway en su retiro ebrio de La Habana. Fue en 1953 -acaba de morir Stalin- y es fácil imaginarse cuánto debió iluminar la vida fatigada del escritor la irrupción bulliciosa de aquella joven fotógrafa alemana y , en contraste, comparar la imagen del enorme pez espada de la foto - capturado, confiesa ella, hacía ya tres días- con la estampa del Nobel durmiendo en el suelo su borrachera caribeña.
Ella nació en 1930 en Gottinga. Su padre, judío de nombre wagneriano, Siegfried, era director de una pequeña empresa textil, apático con su madre, Trudl, luterana, que logró convencerle de que huyera de la Alemania nazi hacia Nueva York. Trudl se casó después con un oficial de la caballería alemana y amparó a su hija con un apellido germano, pero Inge, sin ser consciente del peligro, entre caballos, oficiales y caza del zorro, había olvidado su sangre judía. Entusiasta de la gimnasia, sólo una milagrosa escarlatina pudo evitar que compitiera en un festival atlético presidido en Berlín por el mismo Hitler. En el cumpleaños de una amiga conoció a su primer Nobel, Max Planck. Después sí, con la derrota y la llegada de los ingleses a Gottinga, que les mostraban documentales sobre el exterminio, se dio de bruces con la realidad. Su padrastro, además, había muerto de un infarto. "Tenía que andar 20 kilómetros para conseguir dos kilos de patatas y alimentar a mi madre y a sus dos hijos", recuerda. "Me hice periodista porque era la única manera de viajar y conocer gente excepcional, gente de cultura. Como Robert Capa, ¡qué hombre más seductor! Mis primeros reportajes fueron fotografías de mujeres de Andalucía", dice Inge. Logró un pasaje gratis a Nueva York, donde vivía su padre. Casado de nuevo, la cita fue un fracaso: dos extraños que no tenían nada que decirse. "Iba con mi Rolleiflex, siguiendo el consejo de Cartier Bresson, tener ojo para capturar el instante decisivo". Lo encontró por azar, al descubrir a Greta Garbo cruzando Madison Avenue. Life le compró la foto por 50 dólares. "Un día el editor Rowolth me pidió que convenciera a Hemingway para que cambiara de traductora. El scoop para Paris Match me abrió las puertas para fotografiar a Picasso, con 80 años, pequeño, con tanta energía, siempre vigilado por una Jaqueline Roque celosa que no lo dejaba ni a sol ni a sombra en aquella casa llena de animales, esculturas y cuadros". O Simone de Beauvoir, "muy femenina, coqueta, con las uñas rojas y turbante, fascinada por Mao". "En 1958, en el despacho de Rowolth en Hamburgo, conocí a Giangiacomo". Y empezó una nueva vida. El editor, comunista, procedía de una rica familia de constructores milaneses. El año en que le conoció publicó en primicia mundial el Doctor Zhivago de Pasternak, a pesar del veto del PCI, y el siguiente, El gatopardo,de Lampedusa, en contra de la opinión del Grupo 63 (Eco, Sanguinetti, Manganelli...), "gracias a la opinión tozuda de Basani". La editorial publicó a los grandes escritores del siglo XX. ¿Cuáles fueron obra de Inge? Ella nunca habla de sí misma. Pero se sabe que fueron muchos, como Karen Blixen o Ingeborg Bachmann. Y se sabe que desde que murió su marido, en 1972, fue ella quien salvó la editorial de la crisis y la hizo crecer hasta que su hijo Carlo pudo relevarla. No habla de la muerte de su marido, sino de su asesinato. "Rico, respetado y bien conectado, era un peligro. Él sabía de la existencia de Gladio y que la extrema derecha preparaba un golpe de Estado, como en Grecia. Él era muy complejo, muy difícil, poco social y optó por una vía equivocada, pero en el país de los Borgia...". Feltrinelli, que había convertido en icono la foto del Che, recién muerto, creada para la portada del Diario de Bolivia,se alineó con los grupos armados. Su cadáver apareció junto a un poste eléctrico que intentaban sabotear para dejar sin luz Milán. Hoy, Inge está orgullosa de sus amigos (Gordimer, Lessing, Ford, Isabel Allende...) y de su catálogo: 7.000 libros. El resto -dice- es industria y marketing.

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