EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 70
Me dicen que puedo hablar de lo que quiera, que no es necesario que hable de Umbral en su columna. Hablaré entonces de hablar y, ¿por qué no?, de Umbral, poco, porque no lo conocí y no creo que sea menester hacerlo ahora. Lo que sí conocí fueron sus columnas: artículos en los que el escritor hablaba de aquello que le venía en gana, a menudo de lectura compleja y que en ocasiones incluían alguna palabra desconocida, unas veces por poco utilizadas y otras, simplemente, porque no existían; inventaba palabras recordándonos, a media lectura, de forma traumática, quién era el autor de aquella columna.
Inventar palabras de forma consciente y voluntaria -nada que ver, por lo tanto, con el ya tópico im-presionante de nuestro país-, debe ser algo así como el orgasmo de la comunicación. Hoy, a diferencia de Umbral, ya no es que no inventemos palabras -objetivo difícil donde los haya-, es que siquiera utilizamos las que conocemos.
Una sola palabra mal dicha o mal entendida en una cena o en una reunión y uno puede llegar a verse encasillado en un arquetipo del que es imposible escapar, porque la sentencia es inapelable, indiscutible, puesto que no ha lugar a discusión alguna, explota en la conciencia del otro, probablemente más prudente en el uso de las palabras, y ahí se enquista.
Hoy, los que están obligados a hablar, lo hacen en-tre-corta-da-mente, machacando la oratoria, dándose tiempo para pensar en la siguiente afirmación; aquéllos que no están obligados, menos puestos en coartar la fluidez, derivan sus conversaciones hacia temas frívolos. Prohibido hablar de gays o inmigración y ¡qué decir del sexo!, un nimio desliz y uno corre el riesgo de ser definido de machista... cuando no de maltratador; la religión es preferible no tocarla: el españolito medio puede dormir en un calabozo por una artera denuncia de maltrato psicológico -nótese: no físico-, en espera de que al día siguiente el juez le absuelva con todos los pronunciamientos a su favor -sucede, doy fe-, pero aun así admitamos y asumamos esas situaciones como nuestra servidumbre en aras de unos derechos históricamente pisoteados y violentados.
Sin embargo, el velo en la cabeza de una niña, símbolo público y notorio de sumisión, lo permitimos silentes ante los ojos e incomprensión de nuestros hijos. No hablemos pues de religión, de una... o de la otra. La política, tema frecuente de conversadores, como así lo ha sido desde los albores de la Historia, ha llegado a tal punto de crispación que el solo aroma de liberalismo -ya no conservadurismo-, le puede introducir a uno en los vericuetos de la memoria histórica. ¡Nací en el 59!, pero eso carece de importancia; parece como si, desde un lado u otro, tuviéramos todos que asumir personalmente las barbaridades que pudieran haberse cometido por parte de uno u otro bando.
Al final nos queda el fútbol..., como cuando Franco. Curioso. ¡Quién pudiera inventar palabras como Umbral! Soltarlas con descaro en cualquier conversación para que, cuando menos, no tuviesen esa respuesta secreta e instantánea en nuestros interlocutores.
© Mundinteractivos, S.A.

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