BAJO EL VOLCAN

Tuve de huésped a un médico judío que, al observar en mi despacho la excelente biografía de Hermann Goering escrita por un historiador inglés, recriminó mis lecturas como si fuera un filonazi y tal fue mi enojo que la esvástica, dextrógira o levógira, es un símbolo hindú de la vida y no un diseño de Hitler, y que para combatir al diablo hay que conocerlo. Quiero abierta una librería como Europa de Barcelona para comprar un Mein Kampf, el comienzo de una ola de sangre que sacudió el continente como un tsunami. Hitler es tan explícito sobre la erradicación de los judíos y el espacio vital alemán en el Este que si lo hubiera leído Neville Chamberlain hubiera sido menos pacifista en Múnich. Por lo demás, el único libro de Hitler es una lista de atrocidades contra los individuos y las naciones; sólo le siguen quienes no saben quien fue.

Para entender el atroz siglo XX hay que estudiar siquiera someramente el nazismo y el comunismo, y el primero desde el Tratado de Versalles, el huevo de la serpiente, hasta el búnker de la Cancillería. El Holocausto no fue un daño colateral de la guerra, sino meollo de la iluminación nazi mucho antes de que sonara el primer cañonazo. En Berlín quisieron habilitar la francesa Madagascar como refugio judío; se los ofertaron a Gran Bretaña a cambio de 40.000 camiones y los ofrecieron a Estados Unidos si corrían con el flete. Heinrich Himmler y su segundo Reinhard Heydrich organizaron la solución final con eficiencia germana. El tercero en discordia, Adolf Eichmann, comentaba en Buenos Aires antes de ser ahorcado en Tel Aviv: «Nos faltaron 1.200.000 para haber terminado la purificación. Las nuevas generaciones europeas nos lo habrían agradecido». Empezaron matándolos a tiros, luego en camiones de caja cerrada que recibía la combustión del motor y finalmente usaron cámaras de Zyklon B y hornos crematorios como los que se conservan en Auswitch-Birkenau.

Negar que esto ha existido, como el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad o los palestinos radicales, es tan dañino para la sociedad como enseñarles a los escolares que dos y dos son cinco. El Tribunal Constitucional se ha metido en un jardín con el enfado de organizaciones antirracistas. Porque negar impunemente el Holocausto es, precisamente, la mayor procacidad antisemita que se pueda formular. Así no se conoce el siglo XX; se distorsiona gravemente. Pasan los años y los siglos y la matanza de judíos en Europa queda en papel de juzgado. Los nazis llamaron noche y niebla a la desaparición de los judíos. Ya lo han conseguido.

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