EN DIAGONAL

Es muy difícil que a José Montilla le suceda lo mismo que a su antecesor, Pasqual Maragall, que fue evolucionando a posturas cada vez más radicalizadas desde el punto de vista nacional y acabó simpatizando más con las ideas de Esquerra que con las del PSC. Maragall acabó diciendo aquello de que si fuera más joven sería independentista. Dudo que Montilla tenga una evolución similar, pero su discurso del pasado miércoles supone un punto de inflexión demasiado notable como para dejar pasarlo por alto. El presidente de la Generalitat ha vivido estos últimos meses agarrado a un discurso basado en el pragmatismo de los resultados de la obra de gobierno, alejado de cualquier veleidad reivindicativa. Su respuesta a Artur Mas en el reciente debate de política general del Parlament es bien elocuente de este pensamiento: "Sólo volveremos a ser puntal de referencia si superamos la Catalunya acomplejada, la Catalunya de la queja permanente y del malhumor". Montilla, en aquella sesión, llegó a decir que no se podía generalizar el malestar de mucha gente y pidió a Mas que no confundiera el enfado de un "colectivo determinado, por importante que sea, con el de la sociedad catalana en general".

Quizás Montilla ha visto las orejas al lobo y comienza a ser consciente de que el PSC no puede limitarse a ser un partido de altos cargos que gobiernan todos los resortes de poder de Catalunya, pero que se va alejando cada vez más de la opinión mayoritaria de la sociedad. Los ciudadanos cabreados -en el argot del propio president- están indignados por las obras del AVE y, por tanto, secundan la petición de dimisión de la ministra Magdalena Álvarez y pueden sentirse impulsados a participar en la manifestación del próximo 1 de diciembre, en la que el PSC no está ni se le espera. Seguir con un discurso bienintencionado de confianza ilimitada en Zapatero y criticar únicamente la herencia de PP y CiU suena cada vez más a disco rayado. Entre un Montilla que no quiere hablar, un Hereu que dice que no quiere salir en las hemerotecas, un Corbacho que se mueve lo justo para no entorpecer un futuro ministerial y un Castells que no quema sus naves, el PSC parece un partido de grandes funcionarios y no el portavoz de sus miles de votantes. Por eso hay que felicitarse por el paso adelante que ha dado Montilla. El provocativo título de esta sección de la pasada semana, "Vota PSC, vota Álvarez", se justificaba en la pasiva actitud que estaba teniendo hasta ahora la calle Nicaragua. Pero no basta con uno o dos discursos bien trenzados. El PSC debería ir más allá y plantear ya la constitución de un grupo parlamentario propio en el Congreso y anunciarlo ahora, antes de las elecciones, para que los electores sepan que votan al PSC y no lo hacen al PSOE. Nadie puede decir que es una excentricidad, pues así estaban planteadas las relaciones entre los grupos socialistas antes del golpe de Estado del 23-F.

Nunca el PSC ha acumulado tanto poder como ahora, pero puede resultar efímero si sus líderes no conectan con el espíritu de la calle. Si no lo hacen ahora, en plena crisis de CiU y ERC, no se sabe cuándo lo podrán hacer.

Otra vez en juego el tripartito

La votación esta semana de la reprobación de la ministra Magdalena Álvarez en el Parlament va a poner otra vez en juego la cohesión del tripartito. Montilla está apretando las tuercas a sus socios para evitar el desgaste político de que el Govern no vote unido. Iniciativa está dispuesta a rechazar la reprobación con el argumento de que un gobierno no puede pedir la dimisión al otro, pero lo haría siempre y cuando ERC haga lo mismo. El conseller Puigcercós ha comunicado al president que su voto favorable a la reprobación es seguro. Veremos qué pasa.

La mani del 1-D

La concentración organizada por la Plataforma pel Dret a Decidir para protestar por el servicio de cercanías prevista para el 1 de diciembre es otro problema añadido para el Govern de Montilla. Es segura la participación de ERC, aparte de la de CiU. El PSC no se apuntará a la marcha. Existe temor a que la manifestación se convierta en un acto contra Zapatero a tres meses de las elecciones.

Cercanías va para largo

El drama de cercanías no terminará cuando el AVE llegue a Barcelona. El proyecto prevé el soterramiento de todas las líneas de cercanías a su paso por l´Hospitalet, justamente en la zona donde se han detectado los actuales problemas. Hacer estas obras sin parar el servicio será mucho más complicado de lo previsto en un principio.

jjuan@lavanguardia.es