Al que nace mandril, se le acaba poniendo el culo rojo, de Federico Quevedo en El Confidencial
No creo que yerre mucho si afirmo que, probablemente, una de las razones por las que Su Majestad el Rey mostró el sábado por la noche un cabreo soberano que le llevó a mandar callar al tirano Chávez es la de haber presagiado en esta Cumbre Iberoamericana el principio del fin de las mismas. La Cumbre nació por iniciativa española y tiene un marcado acento juancarlista. Hasta ahora, el único factor de distorsión de las cumbres se llamaba Fidel Castro... Que si iba, que si no iba, que si arremetía contra el Imperio... Pero el resto, más o menos, avanzaban por una senda se cierto desarrollo democrático y mejora económica. A remolque de la cumbre, y sobre todo en los años en los que Aznar liberalizó la economía y empresas como Telefónica, Repsol o Endesa se convirtieron en multinacionales de prestigio, la inversión económica en Latinoamérica creció hasta convertirse España en el segundo país inversor en la zona –en algunos países el primero-, sólo por detrás de Estados Unidos.
Pero de un tiempo a esta parte, y en estos últimos cuatro años con gran respaldo político y económico español, en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua se ha extendido una especie de revolución populista denominada por Hugo Chávez como bolivariana, pero que no es más que una refundación del marxismo más retrógrado y antidemocrático, que lleva la marca cubana y la bendición del mayor de todos los tiranos que quedan vivos en el mundo: Fidel. Cuando digo que con gran respaldo económico y político de España hablo con conocimiento de causa, pues por algo la Nicaragua sandinista de Daniel Ortega es el país iberoamericano que más ayudas recibe de la AECI que dirige Leire Pajín, la cual lleva mucho tiempo de idas y venidas a Managua, desde antes de que Ortega ganara las elecciones, contribuyendo muy directamente a la campaña del que fuera dictador nicaragüense con ambición de repetir la experiencia. Aunque ahora se disfrace de cordero, lo suyo es ser mandril.
¿Cuál es el resultado de esa política de respaldo a los líderes bolivarianos y revolucionarios de Latinoamérica? Lo que hemos visto este sábado, lo que hemos comprobado en esta cumbre: que mientras unos países intentan seguir vías sensatas de desarrollo, bien sea desde la izquierda como Chile o Brasil, o desde la derecha como Colombia y México, los cuatro jinetes de la revolución comandados en esta ocasión por el cubano Carlos Lage, en ausencia obligada de Fidel, han pretendido secuestrar esta reunión de países hermanos para su causa comunista. Y por ese camino, dudo mucho de que en el futuro el resto de dirigentes latinoamericabnos encuentren algo de sentido y un poco menos de rédito a este encuentro anual que amenaza con acabar siempre como el rosario de la aurora. No quiero decir con esto que Rodríguez se haya cargado la Cumbre, pero desde luego ha contribuido generosamente a que así sea. Una política exterior errática, equivocada en sus objetivos, y que ha dado muestras de una debilidad inquietante ha servido de colchón para que estos líderes con ambición totalitaria, tiranos de tres al cuarto alimentados a los pechos de la madre patria, ahora se desenmascaren como los mayores enemigos de quien les dio de mamar y quieran extender sus dominios.
Cuando desde Madrid, sede de la diplomacia latinoamericana y referente inevitable para todos esos países de habla hispana, se ejercita la política del apaciguamiento, estos tipejos nacidos en el arrabal de la política tabernaria y educados en la ortodoxia de la revolución castrista y la corrupción se suben inevitablemente a la chepa... Si en sus respectivos países son perfectamente capaces de transgredir las leyes, violar constituciones, coartar libertades y derechos, etcétera... ¿Por qué le iba a tener respeto a un presidente español como Rodríguez, que les ha permitido todo cuanto han querido, haciendo la vista gorda a sus desmanes con las empresas españolas como ha ocurrido en Bolivia y en Ecuador? Luego no puede extrañarnos el discurso de Ortega ante la cumbre, un discurso que debía haber provocado el abandono de la sala de la delegación española detrás de Su Majestad el Rey, porque en esa intervención se dijeron cosas mucho peores que las que pudo espetar Hugo Chávez, y se vertieron serias amenazas a los intereses españoles en aquel país y en el resto de países bajo la influencia castrista y bolivariana. En lugar de eso, cuando el Rey se levantó, Rodríguez agacho la cabeza en señal humillante de que sus condicionamientos pueden más que su obligación como presidente del Gobierno cuando se trata de defender los intereses españoles en el exterior.
Es verdad que hay que reconocerle que tuviera a bien salir en tímida defensa de Aznar, no por Aznar, supongo, sino por lo que de ataque a las instituciones españolas tenían las palabras de Hugo Chávez, pero hay que recordar, como hace hoy Gustavo de Arístegui en El Mundo, que el origen de las acusaciones de Chávez contra el ex presidente español está en aquella famosa intervención parlamentaria de Moratinos en la que ya acusó a Aznar, sin prueba alguna, de haber apoyado el golpe contra el tirano de Caracas. ¡Si la pena fue que no lo hiciera, y evitarnos la vergüenza y el sonrojo de ese mono de feria que gobierna en Venezuela! Las palabras del sábado de Rodríguez, después de que el Rey -en un acto impulsivo de patriotismo como el que cualquiera con dos dedos de frente espera de sus gobernantes-, mandara callar a Chávez, sonaron lánguidas y ausentes de convicción en lo que debían de parecer, es decir, en la defensa del interés nacional, de la democracia y de la libertad. Por el contrario, Rodríguez volvió a esgrimir ese lenguaje de cantautor venido a menos con referencias incesantes al respeto y al diálogo. Diálogo sí, con quienes obedecen las leyes de la democracia y la libertad, pero no con quienes las vulneran y las coartan. A esos lo que hay que hacer es exigirles que dejen en paz a sus pueblos.
¿Saben cuál es el problema, o parte de él? Durante casi toda esta legislatura el Gobierno se ha dedicado a hacer profesión de fe progresista y populista. ¿Recuerdan cuando Rodríguez presumía de ser ‘rojo’? Hemos, o han, fundamentado su acción política sobre la base de una negación parcial del liberalismo, lo que se ha traducido en una política exterior antiyanki y pro países que antiguamente constituían el grupo de los ‘no alineados’, que eran los que estaban alineados con el otro lado del Telón de Acero.
Eso ha tenido consecuencias catastróficas para nuestra política exterior, porque no es creíble que un país como España, que forma parte de la UE, pueda abrazarse con naciones en vías de desarrollo y de corte fundamentalista, bien religioso o bien ideológico, en contra del Imperio Yanqui. De tal modo que nos hemos quedado en tierra de nadie, mientras unos y otros nos miran con una absoluta desconfianza, y sin saber hacia dónde dirigir ahora nuestros pasos. Por eso Rodríguez no fue capaz de levantarse e irse, porque a él, como a Moratinos, como a Leire Pajín, como a Trinidad Jiménez, se les había puesto el culo rojo de tanto calentar la silla de la complacencia con los enemigos de la libertad. Menos mal que el Rey parece tenerlos bien puestos.
