Uno de los grandes misterios de la vida pública actual en Catalunya es la falta de respuesta articulada y masiva de los ciudadanos a la grave situación del servicio de cercanías de Renfe y a los demás efectos negativos de las obras del AVE en las comarcas que rodean Barcelona. La única manifestación realizada hasta hoy, que tuvo lugar el pasado 29 de octubre en la plaza Sant Jaume, resultó un fracaso. Se concentraron apenas mil personas y lo hicieron divididas, cada grupo con sus lemas y sus manifiestos. Allí estaban desde dirigentes del PP catalán hasta militantes de las juventudes de ERC, desde vecinos y comerciantes de Bellvitge y Gornal afectados por las obras hasta miembros de la plataforma AVE pel Litoral y, perdidos en medio del follón, algunos pocos usuarios de Renfe que habían acudido a título individual. Más que reclamar soluciones a las administraciones, los manifestantes se dedicaron mayormente a enfrentarse verbalmente unos contra otros, ofreciendo así un espectáculo penoso y nada edificante. Esta concentración, convocada por internet y sin padre ni madre conocidos, fue peor que la desmovilización en sí. Lo que se transmitió, finalmente, fue una foto freaky que desfigura las justas razones de una ciudadanía enfadada y harta por tantos meses de incompetencia y menosprecio.
¿Por qué no nos manifestamos? La pregunta nos la repetimos todos, unos a otros, como torpes zombis extraviados entre el infierno y el cielo de nuestros gobernantes. A veces, hay quien tiene respuestas brillantes, verbigracia una periodista catalana que, haciendo gala de gran olfato, declaró en un reciente debate televisivo que si la gente no se manifiesta sería porque no hay motivo para llegar a tanto. Hay que ser ciego y sordo, o ser cheerleader gubernamental, para llegar a tal grado de cinismo argumentativo. En caso que queramos responder seriamente a la cuestión, deberemos considerar como premisa factual la gravedad de la situación y los daños y perjuicios de todo tipo que experimentan miles de ciudadanos, algo que no es invención de los partidos de la oposición ni responde a la estrategia de los malvados que "propagan el pesimismo". Por cierto, desde que el president Montilla ha advertido oficialmente a Madrid de lo mal que vamos, ya no vale acusar de pesimistas y derrotistas a los que ejercen la crítica y denuncian el desastre.
La primera razón por la que no hay manifestaciones es de orden práctico y es muy fácil de comprender. Los primeros y más afectados por la situación, los viajeros de Renfe, ya tienen bastante con buscarse la vida para moverse, ya tienen bastante con la gincana que realizan diariamente entre sus casas y sus puestos de trabajo, y viceversa. Resulta natural que la mayoría de los usuarios no estén para muchas manifestaciones después de invertir el doble de tiempo y de esfuerzos en desarrollar su vida normal. El cansancio también desmoviliza, pues es superior al cabreo.
El segundo motivo tiene que ver con nuestro sistema político. Salvo aquellos que sueñan con importar a nuestro país los peculiares modelos populistas de pseudodemocracia popular-participativa de otras latitudes (amigos de Hugo Chávez y demás), el ciudadano que ejerce como elector espera que los gobernantes hagan (bien) su trabajo y, por tanto, tomen decisiones y se arriesguen. Y resuelvan lo que toque en lugar de crear más problemas. La democracia representativa, con todos sus defectos y virtudes, es un contrato que consiste en delegar en nuestros políticos la gestión del común. No es que nos desentendamos, es que hemos decidido que alguien se hace responsable por cuatro años. Así las cosas, a los ciudadanos nos cuesta demasiado alterar esta perspectiva.
La tercera causa por la que no hay manifestaciones es la falta de un relato atractivo que unifique la protesta. No es suficiente con decir no, hay que ofrecer (aunque sea implícitamente) una alternativa. Sin un discurso que dé sentido al malestar, éste se convierte en una mera acumulación de microagravios individuales cuyo peso político se diluye hasta convertirse en un retablo de anécdotas e historias humanas que ocultan, como una cortina de humo, la responsabilidad de los que están (presuntamente) al mando. Cuando las caceroladas en Barcelona contra la intervención en Iraq, el "no a la guerra" venía recosido por un discurso que propugnaba un cambio de gobierno en España. Como ustedes ya saben, fue determinante en aquella protesta el papel de los socialistas, de los sindicatos y de la izquierda en general. Salvo excepciones, son los partidos quienes proponen este tipo de relatos, de manera directa o encubierta, a través de asociaciones. En este sentido, veremos si CiU y ERC consiguen movilizar a sus votantes para que acudan a la manifestación que la Plataforma pel Dret de Decidir ha convocado el 1 de diciembre.
La cuarta razón (no por mencionarla en último lugar es menos importante) es la actual ausencia de liderazgos fuertes en Catalunya, que se alcen por encima del panorama de colapso, fatiga y mediocridad que nos atenaza. Es más fácil manifestarse cuando alguna figura acierta a interpretar el momento y a liderar con energía, convicción y credibilidad una respuesta. Sin líderes, toda protesta tiene algo de pataleta huérfana, algo de mueca en el vacío.
En este momento, el català emprenyat sabe bastante bien lo que no quiere, pero no está nada seguro sobre lo que realmente desea. Para salir a la calle, ya no es suficiente el "diguem no" de otras épocas, necesitamos una bandera en positivo. Quien acierte a desplegarla conseguirá, tal vez, romper el muro de atonía que hoy nos rodea.

este hombre sigue en plena confusión