Detesto a los apocalípticos, que suponen que nos hallamos, o vamos a estar, en una era catastrófica. Se trata de reaccionarios que profesan ideologías estáticas, o que imaginan el pasado como un eternizado modelo. Y es que la vida y la sociedad al fin crecen hacia arriba, como los árboles, para decirlo con un verso de Neruda. Y prueba el paso de los siglos. Aunque debamos admitir que nuestra época, que sin duda fatal no es, ha emprendido una senda de confusión a ratos abominable. He ahí dos ejemplos semejantes, y diferentes: Iraq, donde para derrocar a un maldito tirano oriental, Occidente ha armado ese sangriento caos; y Chad, donde para salvar a niños hundidos en la desgracia, en buena parte debido a su criminal presidente, Idris Deby, Europa orquesta esa bufa y dramática operación Zoé. Con lo que un régimen podrido se convierte en juez de una Europa que a veces aún confunde civilización con vampirismo. Lo que hasta obliga a Nicolas Sarkozy a declarar que confía en la justicia de Chad, una pura bazofia. Pero ¿cómo calificar a unas familias europeas que, al no tener hijos, quieren comprarlos fraudulentamente en el Tercer Mundo?
Aunque el progreso existe, sí, y no sólo material sino moral. Los romanos sacaban los ojos a sus prisioneros para esclavizarlos en las minas de Hispania, y los franceses y cristianos papistas de Simon de Monfort cegaban a los cátaros y los echaban a mendigar en los caminos occitanos. Sin embargo, hace 200 años el acta fundacional de Estados Unidos declaraba que el ser humano tiene derecho a la felicidad. Aunque el siglo XX daba dos espantosos pasos atrás con sus vesánicas doctrinas comunista y nazi, que asesinaron a millones de personas alardeando que las redimían en nombre de la ética social y de la pureza de la raza. Pero la reacción para eliminarlas fue, por parte de las almas libres, gigantesca. Primero, monstruosa y necesariamente bélica. Después, más inteligente e igualmente decisiva: la guerra fría, tan denostada, ¿por qué?, como beneficiosa, pues debilitó a unos regímenes para que sus mismos habitantes los derrumbaran desde dentro.
No obstante, parece como si ahora, en plena globalización, cuando tanto podríamos hacer para interrelacionarnos, no acertemos a manejar del todo las posibilidades terapéuticas del instrumento. Pues si en China semeja que el sistema abre puertas, aunque entre hachazos, en el islam la locura genocida gana infinidad de mentes y casi el entero cuerpo filosófico. Sin que en la propia España nos sea posible, a menudo, lanzar la primera piedra: PP y PSOE se hallan más preocupados, ante los asesinos del 11-M y los de ETA, en intentar destruirse el uno al otro que por acabar con las plagas ideológicas y explosivas.
Y tantas contradicciones, ¿pueden ser limadas o borradas? Lo fueron frente a Hitler y a Stalin, o junto a George Washington. O sea, lo fueron con más democracia y más educación, ¡más filosofía!, que estimulen la voluntad y la responsabilidad, la justicia.

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