El Ayuntamiento de Barcelona recibió a los aficionados del Glasgow Rangers - venían la mayoría sin entrada para ver un partido de su equipo con el Barça- con un notorio relajamiento de las normas, para evitar, según se ha publicado, el conflicto masivo con los seguidores. Les permitió beber en la calle, hacer escándalo, orinar - ni siquiera por los rincones, en medio de donde fuera-... Es decir, les dejó hacer, o mejor dicho, miró a otra parte, mientras hacían aquello que habitualmente se considera inaceptable para el ciudadano del país.

No es el primer caso ni será el último; lo vemos a menudo en celebraciones de victorias deportivas. La Administración pública consiente en saltarse las normas cuando tiene delante de sí un acontecimiento en el que se concentran un número elevado de personas. A no ser, claro, que sea éste una manifestación.

No sé de dónde ha salido esta idea de que a los grandes grupos no se les puede controlar. No sé por qué se da por descontado que hay que sufrir los desmanes de la masa. Y, especialmente, no sé si son conscientes del mensaje subliminal que lanzan a la opinión pública: esto vuelve a ser como en el Oeste, la ley del más fuerte.

En la decisión del Ayuntamiento de Barcelona parece que intervino no sólo la propia cuantía del grupo, también lo hizo el factor de procedencia, porque eran de otro país y sólo estaban de paso. Peor todavía. En la próxima ocasión será peor, porque - sólo con que entre tanta cerveza les haya quedado un mínimo atisbo de lucidez- dirán a los demás: "Vayamos para Barcelona, donde podemos hacer con total libertad lo que queramos". Lo sé por experiencia propia, porque vivo en Montmeló; lo saben los que viven en Lloret de Mar y lo sabe prácticamente cada vecino de un municipio en el que hay grandes aglomeraciones de gente por acontecimientos determinados.

La excepción confirma la regla, quizás sea así en gramática, pero no es así en lo que se refiere a las normas sociales. No hay nada mejor para socavar la eficacia de las normas que el hecho de que se permita su no cumplimiento.

Este tipo de proceder debilita enormemente las leyes y ordenanzas, además de provocar una sensación de total desprotección a aquellos que salen a la calle no en masa, es decir, la mayoría de los ciudadanos, la mayoría de los días del año.

C. SÁNCHEZ MIRET, socióloga.