LAS CARTAS BOCA ARRIBA

El autor inicia sus cartas invitando a reflexionar al que fuera obispo de San Sebastián sobre la existencia en España de un auténtico Estado de Derecho, donde «una banda terrorista se ha dedicado al crimen para conseguir sus fines políticos». Las siguientes misivas son para dos mujeres: una, Venus desnuda, «la mujer definitiva», y la otra, la actriz Aitana Sánchez Gijón, a la que le dice que la quiere y la felicita por su último trabajo.

JOSE MARIA SETIEN

No es lo mismo el que asesina que el asesinado

Señor obispo...

Seguramente no tiene usted conciencia clara del daño que está haciendo a la Iglesia en España. La cobardía le nubla el entendimiento. Desde hace muchos años, sus actitudes y declaraciones producen indignada irritación en el católico medio, el que llena los templos y rodea al Papa cuando visita nuestra nación. Nadie comprende que un prelado de la Iglesia Católica equipare a Eta con el Estado de Derecho. Y usted lo ha hecho de forma reiterada y soez.

Sé muy bien que su labor pastoral y profesoral, a lo largo de más de cincuenta años, ha sido encomiable. Pero la palabrería política, derivada de una cobardía moral de fondo, le han convertido en uno de los personajes más rechazados de España. En esa repulsa ha unido usted, señor obispo, a los católicos y a los agnósticos.

El manantial evangélico enseña a compadecer al delincuente, es cierto. Pero también a odiar el delito. Sentir compasión por los asesinos de Eta y por el dolor de sus familiares es una práctica del amor cristiano. Equiparar a los criminales con los asesinados significa situarse en una posición radicalmente anticristiana.

En España disfrutamos de un Estado de Derecho que garantiza el ejercicio de todas las libertades, entre ellas que algunos vascos defiendan la independencia de su región, siempre, claro es, con respeto a las leyes. Frente a ese Estado de Derecho, una banda terrorista se ha dedicado al crimen, a la violencia y a la extorsión para conseguir sus fines políticos. La caravana de los ciudadanos asesinados por el salvajismo etarra se acerca ya al millar. Los heridos y extorsionados son incontables. 200.000 vascos se han exiliado de su país. Se puede compadecer al criminal siempre y cuando se rechace el delito. Porque no es lo mismo el que asesina que el asesinado.

No trato en esta carta de exponer lo obvio sino de hacerle reflexionar, seguramente de forma inútil, sobre el escándalo que produce usted, señor obispo, en los fieles católicos y también en el resto de los ciudadanos. Está haciendo un grave daño a la Iglesia Católica que ha dado y está dando ejemplo en todo el mundo de moderación, de prudencia, de tolerancia. Y también de firmeza en la defensa de sus principios y dogmas. La veritatis splendor se diluye, señor obispo, en las covachuelas de sus compromisos, en el sectarismo, la manipulación, en la alta cobardía moral que preside sus palabras y sus obras cuando sitúa, con descaro y en el mismo plano, a las víctimas y a los verdugos.

AITANA SANCHEZ-GIJON

Fuiste el sueño sin fin que se derrama de Rafael Alberti

Querida Aitana...

Acabas de estrenar una película con La Regenta al fondo y, como tengo hoy el día un poco galbana, voy a felicitarte diciendo cosas sin entrecomillar que te he dicho en otras ocasiones para que se enteren los lectores de EL MUNDO de que te quiero, porque no tenías veinte años y te fuiste a dar la réplica a José María Rodero en El hombre deshabitado, nos sentamos en una fila en el estreno Rafael Alberti y su sobrina, Manolo Rivera y Mary y yo, el poeta se emocionó cuando irrumpiste desnuda en el escenario y eras una diosa de Botticelli y hablabas con la palabra recental, una paloma blanca va por la nieve, quiere levantarse pero no puede, quiere levantarse, ir por la nieve, pero no puede, pero no puede, y luego nos reuníamos todos juntos en un café de Recoletos y recitábamos versos hasta la madrugada, que tú te emocionabas con Rubén y con Pablo y eras una roja desorejada, pero parecías una niña de Telva aunque con hondura genital y yo te decía que si eras del Opus y que te reñirían por llegar tarde a la residencia y tú te reías, te reías y tu risa era un despertar de alegrías y los dientes te nevaban, viniste me acuerdo a mi despacho, en el ABC verdadero, a decirme que habías fundado un grupo teatral, Strión, y yo te había visto ya bajarte al moro y en Jarrapellejos y me parece que en un Benavente de Narros, le dimos un homenaje a Rafael, no sé si en el Beatriz, y allí estábamos todos dale que te pego y de pronto te apareciste entre destellos con un escote vertiginoso, soleada de sabidurías adolescentes, y de versos, y Manolo Rivera que va y dice que ha llegado Amaranta y yo que no, que era el soneto a la Amposta de los poemas del amor incierto, oh tú, mi amor, la de los subidos senos en punta de rubíes levantados, los más firmes, pulidos, deseados, llenos de luz y de penumbras llenos, hermosos, dulces, mágicos, serenos o en la batalla erguidos, agitados o ya en juegos de puro amor besados, gráciles corzas de dormir morenos, y estabas llena de gracia y eras la inteligencia malherida, y el fulgor de las caderas en agraz, la piel manantial, chorro de sangre joven, y viniste una noche a mi casa para estrenar para Rafael su Venus y Príapo y el poeta apagó de un soplo las noventa velitas de la tarta porque era su cumpleaños y bajamos al sótano donde tengo un teatrillo y se abrió el telón y recitaste con uno raro que te trajiste para hacer de Príapo y al poeta le rodaron las lágrimas por las mejillas porque no se esperaba aquello, despierta, sí, cerrada caverna de coral, voy por tus breñas cabeceante, ciego, perseguido, ábrete a mi llamada, al mismo sueño que en tu gruta sueñas, tus rojas furias sueltas me han mordido, ¿me escuchas en lo oscuro?, sediento he jadeado las colinas y descendido al valle donde empieza el caminar más duro pues todo, aunque cabellos, son espinas, montes allí rizados de maleza, ¿duermes aún?, ¿no sientes como mi flor brillante y ruborosa la piel extensa y alta se desnuda y con labios calientes, coral los tuyos y los míos rosa, besa la noche tus labios muda?, y luego llenabas sola la escena cuando hiciste de gata sobre el tejado de zinc caliente y también en el Sastre de Narros, a puerta cerrada, y en los celos del gran Aranda, claro que más tarde empezaste a hacer cosas raras, como todas, y te casaste, pobrecilla, y se te puso cara de señora importante cuando dirigías la camelancia esa de la academia de cine rodeada de giliporcelanas y recibías al Príncipe y todo pero, claro, a mí me gustaba más la Aitana roja que la Aitana monárquica de belleza achampañada, la palabra yacente, menos mal que volviste después adonde solías, allí al Olimpia cambiado de nombre, otra vez los ojos desnudos de ceniza porque eres un sueño sin fin que se derrama.

LA VENUS DEL ESPEJO

Los madrileños harán colas para contemplarte

Mi querida Venus del Espejo...

Recuerdo que se me acercó un celador, me rozó discretamente el hombro y me dijo que estaban cerrando. Llevaba yo más de una hora contemplando el cuadro que te hizo Velázquez y que enciende la National Gallery de Londres.

Vuelves por segunda vez a Madrid, querida Venus, y los madrileños harán colas para contemplarte porque eres la mujer definitiva, hermosa como las tiendas de Cedar, dulce y encantadora como Jerusalén, terrible como un Ejército en orden de batalla. Estás enferma de amor, de amor muriendo, y podrías decirle a tu amado como en el Cantar de los Cantares: «Invítame a tu alcoba, disfrútame y gózame y déjame que alabe el vino de tu amor, al hombre entre los hombres más amado».

Velázquez, como explicó muy bien Ortega y Gasset, te anticipó 400 años. Dejó para los Rubens y los Ticiano la rotundidad de las formas y pintó la tierna languidez de la caña verde, la figura estilizada y adolescente, la tensión de la piel ávida, la mujer libre del siglo XXI, la hembra dorada y ágil de nuestros días. Te retrató de espaldas pero en el lienzo se escucha la dulzura de tu voz deshabitada y se adivinan escondidos tus pechos «como crías mellizas de gacela, paciendo entre azucenas por los valles». Tu desnudo, en fin, es más frontal que la maja-duquesa que extasió a Goya, la maja-duquesa que se despertaba contemplándote. Después te robó Godoy. Te compró Yates, luego Morritz. Más tarde, Agnew and Son hasta que fuiste a parar a la National Gallery para convertirte en la gran estrella por encima de los Leonardo y los Rembrandt. En 1914, Mary Richardson, una sufragista histérica te acuchilló. Tu cuerpo dorado y miel fue violado siete veces.

Sé, Venus del espejo, que leerás esta carta porque ni los ríos desbordados podrán anegar el fuego del amor, porque tu pasión de cuatro siglos es insaciable hasta la devastación, porque, según el verso del poeta, «saetas de fuego son tus flechas, llamaradas de Yahvé».

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