Un mediodía primaveral allá por el año 1983, un avión privado sobrevoló varias veces el puerto de El Musel. En él iban el magnate norteamericano James B. Sherwood y su esposa. En aquellos momentos, además de dueño del lujoso Hotel Cipriani de Venecia -que fue fundado por el legendario Giuseppe Cipriani, quien logró hacer mítico su Harry's Bar- y de haber vuelto a poner en marcha el legendario Orient Express, James B. Sherwood era el más importante naviero que operaba en aquellos tiempos en el Canal de Suez. Todavía no se había construido el túnel subterráneo entre Inglaterra y Francia, por lo que sus barcos no paraban de hacer escalas en los puertos de ambos países.

Después de varios años de intensas gestiones y de contrastar todo tipo de documentación técnica, el clarividente empresario Javier Vidal -director y propietario del Hotel Hernán Cortés- había logrado que aceptase su invitación personal para conocer el puerto de Gijón, ya que no había logrado el apoyo para que la visita fuese declarada institucional. Aunque Javier Vidal había confirmado al Gobierno del Principado la llegada del importante naviero, solamente estaba él al pie de la escalerilla del avión de James B. Sherwood para recibirle con un espléndido ramo de flores para la señora y el coche de gama más alta que había entonces en el mercado automovilístico español. Y del aeropuerto de Asturias se fueron a visitar las instalaciones del puerto de El Musel.

Sabido es el escepticismo natural que tanto lastra a muchos asturianos, pero Javier Vidal -que es aranés- había logrado lo que resultaba impensable para algunos políticos. No había móviles todavía, pero algún teléfono sonó en las alturas y el primer presidente del Instituto de Fomento Regional, Leonardo Álvarez de Diego, se apresuró a retornar en coche desde Madrid y llegó a los postres del almuerzo ofrecido por el anfitrión privado en el Parador Nacional de Turismo del Molino de Viejo.

A James B. Sherwood le interesaba fundamentalmente el hecho de que doscientos mil turistas y unos cincuenta mil automóviles llegasen todos los años desde los puertos británicos a Bilbao y Santander. Y también que, curiosamente, el puerto de Gijón estaba más cerca de Plymouth que el de Santander, lo que hacía más atractiva la oferta dadas, además, las mejores comunicaciones que Asturias tenía con Castilla, con respecto a Cantabria.

Sin embargo, todo quedó en agua de borrajas.

No eran buenas las relaciones entre el presidente del Instituto de Fomento Regional y, debido a ello, fue cuando el consejero de Industria y Comercio Jesús Fernández Valdés, quien se encontraba entonces en un proceso creativo de iniciativas rompedoras verdaderamente espectacular -como convertir el muelle gijonés en puerto deportivo y trasladar los astilleros a El Musel- se interesó por el asunto de la creación de una línea de ferry. Su mano derecha, el director regional de Comercio, José Ramón Fernández Costales -quien acaba de retornar a su tierra natal tras una brillante ejecutoria como presidente de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Cognac- le convenció de que la línea de ferry tenía que ir hacia el puerto francés de La Rochelle, descartando la vía hacia Gran Bretaña.

Y, sin dudarlo, hacia allá se fue en viaje oficial el consejero de Industria, acompañado de una representación de personalidades -entre ellas, el director de la Feria Internacional de Muestras de Asturias, Pedro García-Rendueles,- para conocer sobre el terreno las posibilidades. Allí, el presidente de la potentísima Cámara de Comercio de Poiteau-Charentes, Jacques Berger -entre cuyas responsabilidades estaban las de gestionar puertos, aeropuertos y autopistas- aseguró que el destino del barco debía de ser al puerto de Lorient, debido a que tenía mejores comunicaciones.

A Jesús Fernández-Valdés fue a quien se le ocurrió bautizar con el nombre de «autopista del mar» a la línea de ferry entre Gijón y Lorient. Y tras sus discursos oficiales -siempre en francés- obsequiaba a las autoridades con una escultura del Naranjo de Bulnes, al que calificaba como el faro de Asturias.

Luego pasó lo que pasó por la falta de organización de unos y de otros, ya que muchos empresarios asturianos siguieron considerando a Bilbao como su puerto natural de salida, por sus mejores conexiones internacionales y más bajas tarifas con respecto a las de El Musel. Y aquella línea Gijón-Lorient cubierta por el buque tipo roro/carga «Atlántica I» solamente hizo ochenta y cinco escalas en el puerto asturiano, en las que trasladó cuatrocientos cuarenta y tres unidades «freu», por lo que, al ser deficitaria, nada más que pudo aguantar ocho meses. Exactamente, desde el 29 de abril hasta el 30 de noviembre de 1991.

Más tarde hubo nuevos intentos políticos que quedaron también en nada. Un cuarto de siglo después seguimos con la asignatura pendiente del tráfico de pasajeros y mercancías desde el puerto de Gijón. Jesús Fernández Valdés trataba de sacarle el máximo partido a las instalaciones portuarias de La Sultana -así definía a El Musel- y, provocador hasta la muerte, ante el desolador panorama que tenía ante sí, aconsejó a quien le quiso oir que lo primero que tenían que hacer los empresarios asturianos era no perderse por los aeropuertos cuando iban solos.