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11 Noviembre 2007

El intento de atrapar el tiempo, de Eduardo Aguilar en La Vanguardia

EL INTENTO DE ATRAPAR EL TIEMPO

La economía, en su conjunto, gestiona mal el factor tiempo, a veces por una incapacidad innata en definirlo y, en otros casos, por un intento permanente y desesperado de atraparlo y solidificarlo. Ambas cosas lo único que hacen es llevar a mayores ineficiencias y rigideces

No hay probablemente experiencia más atractiva en el estudio de la economía que el descubrimiento de que el dinero puede valorarse a lo largo del tiempo. La primera vez que uno se encuentra, en sus estudios universitarios, con el uso del tiempo y del interés, entra en una nueva dimensión. Se aprende, de inmediato, que el tipo de interés va a ser, siempre, una variable exógena (ajena a la decisión de uno) mientras que el tiempo es una variable que se puede definir y concretar. Así funcionan en la práctica muchas de las modelizaciones y cálculos de valor empresarial. El tiempo aparece como una variable, al menos en teoría, más próxima y más definible.

Nada menos cierto. Tras muchos años de práctica en la Administración y en el mundo financiero una de las conclusiones más rotundas que saco es que la economía (en su conjunto) gestiona mal el factor tiempo, a veces por una incapacidad innata en definirlo, en otros casos por un intento permanente y desesperado de atraparlo y solidificarlo. Ambas cosas llevan a mayores ineficiencias y rigideces.

Viene esta reflexión a cuenta de algunos ejemplos de la realidad de las últimas semanas. Hace algunos días, todavía en octubre, contemplé, como muchos otros ciudadanos, que se estaban instalando ya las luces y adornos de Navidad (¡más de dos meses antes!). Lejos de asombrarme, aquello me pareció moderno, serio, propio de una sociedad organizada y bien planificada como entiendo que es la sociedad española. Mi optimismo se ha visto truncado por dos sucesos consecutivos que afectan tanto a la iniciativa pública como a la privada.

El primero de ellos tiene que ver, claro está, con el debate de las inversiones en infraestructuras, tema que se está convirtiendo en una auténtica pesadilla en Catalunya, pero que afecta a toda la población española (los efectos positivos del AVE entre Madrid y Barcelona repercutirán en toda la economía). Se ha querido, y todavía se quiere por parte de algunos malévolos, presentar el caso como un ejemplo más de conflicto entre Estado Central y autonómico. Por el contrario, mi opinión es que el debate tiene mucho más que ver con una mala elección de prioridades por parte de las autoridades y por una gestión muy ineficiente del tiempo.

TIEMPO POLÍTICO

Las obras públicas, desde luego las de gran calado como las del AVE, carecen de suficiente tiempo político. La ministra Álvarez padece en su gestión la ineficiencia de anteriores gestores, del mismo modo que ellos padecieron la falta de visión de los precedentes, que creyeron que España solamente tendría un AVE Madrid-Sevilla. En la época en la que empezaron a entrar a espuertas las ayudas por infraestructura europeas solíamos bromear con el chascarrillo de que cada ministro financia las inauguraciones y éxito de su sucesor.

Que la obra pública carezca de tiempo político no quiere decir que carezca de tiempo. Es preciso que su planificación y diseño, y su ejecución, se saque del debate político inmediato, a riesgo de que, si no se hace, se incurra en graves irregularidades. Es realmente preocupante oír comentarios de que tal o cual obra se hará sin poner en riesgo la seguridad (!). ¿Podría ser de otra forma? En definitiva, en vísperas electorales corren malos tiempos para la racionalidad en la gestión del tiempo en unos proyectos que deben definirse, en esencia, como ejes prioritarios, pactados e indiscutibles, de la cohesión económica y social del país, no dardos partidistas en año electoral. ¡Aún queda mucho que aprender!

Pero el segundo ejemplo que me gustaría citar me ha producido más confusión aún, por venir de la empresa privada. Se trata de la aprobación del nuevo convenio sindical, el cuarto, de Iberdrola. Una de las medidas más llamativas de dicho convenio es la extensión de la jornada continua (con salida a las 15:30 horas) a todo el año. La medida, junto a otras menores, se presenta, no como una forma de reducir la jornada laboral (pues se recortan los horarios de comida y se alarga la jornada del viernes), sino como una novedosa manera de conciliar la vida laboral y familiar. Mucho más efectiva, en esta misma línea, me parece la posibilidad de reducción de jornada por guarda legal de un menor o la de permiso de paternidad que también se contemplan en el nuevo convenio.

Esta medida, viniendo de una empresa pionera en casi todo, me ha turbado. Con independencia del juego de las horas ganadas por recorte del horario de comidas, esta iniciativa equivale, en mucho, a la aplicación de un criterio semejante a la famosa jornada francesa de las 35 horas (que pensé erradicada para siempre de la historia), solamente que ahora con el agravante de que es a nivel empresarial.

RESTRICCIÓN HORARIA

La sociedad privada debe caminar rápidamente a la supresión de toda restricción horaria (en la medida en la que sea posible y se garantice el desempeño de una función) que no hace sino poner trabas a la libertad individual. El convenio, pretendiendo ser avanzado, equivoca el tiro. Lo moderno no es medir la jornada sino no medirla y flexibilizarla, porque es en esa liberalización en la que se encuentra el germen de la eliminación de muchas trabas sociales, laborales, familiares, de género, de edad, etc..

¡Ay el tiempo! Aplíquese el mismo criterio que el convenio de Iberdrola hace para las horas, para los meses y a lo mejor resulta que apelmazando un poco las semanas de todo el año, sus empleados podrían cogerse julio y agosto de vacaciones (contribuyendo un poco más a la rigidez del mercado laboral). Del mismo modo, si seguimos por igual derrotero, pero contando días y semanas, encontraríamos que a lo mejor es posible empezar a jubilar al personal de Iberdrola a los 48-50 años en lugar de a los 55-60, contribuyendo con su granito de arena al despropósito del equilibrio intergeneracional. ¡Ay el tiempo! ¡Cómo cuesta ser racional con esa maldita variable!

Eduardo Aguilar. Licenciado en Económicas por la Universidad Complutense, técnico comercial y economista del Estado. Ha sido subdirector de Financiación Exterior del Tesoro, director general de Seguros en el Ministerio de Economía y director financiero de la Comisión Nacional de la Energía.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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