La XVII Cumbre Iberoamericana pasará a la historia como el desencuentro entre España y la Latinoamérica de la contrarreforma. Los titulares periodísticos retendrán el "¿por qué no te callas?" que ayer le espetó el Rey a Hugo Chávez, empeñado en calificar de "fascista" a José María Aznar. Pero el desencuentro, con una intervención de José Luis Rodríguez Zapatero que le honra, a diferencia de las declaraciones de su antecesor en el extranjero, tiene un origen más profundo.
Entre los acontecimientos que inauguraron el mundo moderno está, junto con la Reforma y el Renacimiento, la expansión europea por Asia, América y África. Este movimiento se inició con las conquistas de españoles y portugueses. Pero España y Portugal se cerraron y negaron la modernidad. La expresión más radical de esta negación fue la Contrarreforma. De esta manera, España confundió su causa con una ideología. Algo parecido sucede ahora en una parte de Latinoamérica, donde determinados gobiernos están empeñados, con su contrarreforma política y económica, en encerrarse en sí mismos, confundiendo su causa con una ideología.
Latinoamérica ha cambiado. La democracia ha avanzado a partir de la década de 1980. Y desde noviembre del 2005 se han celebrado una docena de elecciones presidenciales que "han sido libres y democráticas", según la OEA, institución que ha supervisado los comicios. Lo que no ha cambiado en Latinoamérica es la desigualdad social, que es la mayor del mundo, ni el debate sobre dónde está la solución, si en el Estado o en el mercado. Los latinoamericanos, divididos, repiten la historia del siglo pasado, cuando lo intentaron casi todo, desde el populismo, que es más Estado que mercado, hasta el liberalismo, que es lo contrario. Y en este contexto cabe entender el desencuentro de Santiago.
El presidente venezolano, Hugo Chávez, secundado por el nicaragüense Daniel Ortega y el argentino Néstor Kirchner, introdujeron en la cumbre, dedicada a la cohesión social, un nada inesperado ataque a los empresarios españoles, en especial al presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferran. Esto sucedió el viernes, horas después de que el empresario español, en una reunión con periodistas, reafirmara el desinterés español en invertir en Venezuela, Bolivia y Ecuador, donde dice que ha disminuido la seguridad jurídica. Y después vino la explosión de Chávez, cuya raíz está en la idea que en la Latinoamérica que capitanea se tiene de los empresarios españoles, a los que también acusa del golpe que intentó derrocarlo en el 2002. Para los populistas, la "arrogancia española" ha sustituido poco menos, pues, que al "imperialismo estadounidense", lo que sirve para armar ideológicamente su contrarreforma. En la cumbre del 2000, Fidel Castro saludó a Juan Carlos como "el Rey", no como el rey de España. Chávez, que pretende tomar el relevo, no sabe tanto como Castro.

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