LA TERRAZA

En el Palau Robert han inaugurado una exposición en la que se nos invita a compartir mesa con Manuel -Manolo, para los amigos- Vázquez Montalbán. La invitación es real, no se paga ninguna de las viejas pesetas por acceder (en el segundo piso del palacio) a esa mesa, pero una vez allí, uno se encuentra con el plato vacío. Se trata de un "àpat virtual", como escribe Ignasi Riera, el comisario de la exposición, en el catálogo.

Los platos están vacíos, pero qué platos. Big Rock, Ca l'Isidre, Casa Borrell, Can Lluís, Can Solé, Casa Leopoldo, El Bulli, El Motel, El Dorado, El Racó d'en Binu, El Rincón de Aragón, Els Pescadors, Fonda Europa, Hispania, L'Egipte, Maria de Cadaqués, Nostromo, Odissea, Pa i Trago, Peixerot de Vilanova, Quo Vadis, Sant Pau, Senyor Perellada, Via Veneto, y es posible que me deje alguno. Son los platos que uno encuentra en cada uno de esos restaurantes, pero en vez de hallar en ellos un salmorejo, unas pochas con almejas, un lenguado al Cinzano, una lamprea a la bordalesa, una bullabesa, un arroz caldoso a la alicantina, unos riñones al jerez, unos callos a la madrileña, una liebre à la royale,una escudella i carn d'olla..., lo único que luce en ellos es un breve texto, sacado de uno de los múltiples libros que escribió Manolo, y no necesariamente sobre el arte culinario; unos textos que por más que uno arrime los ojos al plato difícilmente conseguirá leer, entre otras razones porque la luz de la sala donde se celebra el convite no facilita la lectura y, para colmo, uno se ha dejado la lupa en casa. Total, que esa cena, porque parece tratarse de una cena, tiene toda la pinta de ser lo que aquí llamábamos una cena de mortuorum -la música que se escucha en la sala es inequívocamente fúnebre-, con la particularidad de que los familiares y amigos convidados a compartir mesa y despedir al difunto, visto el desolador panorama de los platos y sillas vacías, lo más probable es que se hallen todos también irremisiblemente difuntos, víctimas de una brutal y virtual indigestión.

La exposición es lo que se llama una exposición de diseño, de diseño puro y duro, del que son autores los señores Mario Eskenazi y Diego Feijoo. Antes de llegar a esa mesa donde se celebra ese desierto y fantasmagórico sopar de mortuorum, visitamos unas salas en las que se nos muestran los sacos en los que Manolo guardaba su harina, sus patatas, sus garbanzos, sus alubias..., pero en esos sacos figuran palabras como amistad, amargura, tolerancia, egoísmo... E igual ocurre con los botes y los frascos donde Manolo guardaba sus hierbas, sus especias, sus sabores; y con las botas donde guardaba sus vinos y licores, en las que las añadas son sustituidas por fechas de resonancia política, deportiva o simplemente sentimental. Hasta que llegamos a la cocina, una cocina de restaurante con un montón de ollas, de cazuelas, de paellas, todas limpias como una patena, y un fogón apagado, junto al cual está colocado un flexo, con la luz también apagada (hay que ser muy tontito para no darse cuenta de que ese fogón es donde Manolo cocinaba sus escritos; hay quien escribía con una máquina de escribir -yo todavía lo hago- y quien lo hacía con una paella, como el bueno de Manolo).

Amí, todo ese tinglado me ha dejado muy frío. Hombre, puestos a jugar con el fogón y el flexo, no hubiese estado mal que junto a ellos hubiesen colocado una monumental pularda de papel, confeccionada con páginas de los libros de Manolo; una pularda luciendo en la cola unas plumas con los colores del Barça. Aunque a mí me hubiese gustado más ver un cochinillo de verdad, y un mero de verdad, y unos pimientos y unas berenjenas de verdad. Y sobre todo eché en falta los olores: olor a cocido, olor a periódico recién hecho, olor a curry, olor a cine de barrio, olor a muchachas en flor en una verbena de Sant Joan, olor a cigarro, habano, a aquellos habanos que Manolo se fumaba a escondidas, cuando ya no le permitían fumar.

Salí bastante decepcionado de esa exposición. Me hubiese gustado poderme llevar algo (pagando, claro está). Como una botella de albariño etiquetada con la foto y la firma de Manolo (el padre era gallego), o un CD con una selección de las coplas que más le gustaban a Manolo, o una cajita de dulces que llevasen su nombre, invento de un prestigioso pastelero. Pero no había nada, ni siquiera el catálogo (han hecho un tiraje de mil ejemplares; en las oficinas del Palau Robert me dieron uno de los últimos que les quedaban).

Y me fui a almorzar con Manolo. Me fui a Can Josep, un pequeño bar restaurante que hay en la calle Roger de Flor, entre Còrsega y Rosselló, donde luce una hermosa bandera republicana y donde en una de sus paredes, junto a la cocina, más chica que la de la exposición, han colocado una fotografía de Manolo, un Manolo sonriente, feliz, flanqueada por otras de Veronica Lake, de James Stewart y Kim Novak (en Vértigo), y de Tati con el niño de Mon oncle. Me senté frente a él, le guiñé un ojo, le mandé un beso y brindé por su eterna memoria con mi eterno whisky. Luego, para rehacerme de la insípida, incolora e inodora virtualidad expositiva, me zampé unos espárragos cojonudos, como dijo Su Majestad, y un estofado de buey, uno de esos estofados que le encantaban a Manolo. Todo ello con un buen Rioja de la casa.

Manolo fue muchas cosas, tal vez demasiadas. Para mí fue, ante todo, un poeta y un gran, un extraordinario periodista. Si Manolo no hubiese publicado en Triunfo su Crónica sentimental de España, es muy probable que yo hubiese escrito de otra manera, mucho más jesuítica, y hasta es posible que no hubiese escrito ni una raya.

El pasado mes de octubre se cumplieron cuatro años de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán, en el aeropuerto de Bangkok. Ese aniversario viene a coincidir prácticamente con la muerte de otro gran periodista, el italiano Enzo Biagi, el cual quería que escribiesen en su lápida funeraria: "Scrisse quello que poteva, mai quello que non voleva. Amen". Una frase que Manolo seguramente hubiese suscrito.

P. S. Esta noche dejo libros en el monumento a Caperucita y el Lobo, en el paseo Sant Joan.