Se ha celebrado el 30.º aniversario del regreso de Josep Tarradellas. Bien, hacia el 20 de octubre de 1977 yo estaba en Milán, colaboraba a veces en El Giornale, el periódico que había fundado el extraordinario Indro Montanelli, a quien las Brigadas Rojas habían tiroteado en una pierna. Alto y esquelético, con la pierna entablillada, Montanelli semejaba más que nunca un pinocho de palo.

Y estando juntos llamó Tarradellas: "Pasado mañana regreso a Catalunya, ven con Maria Àngels y nos ayudaréis a empaquetar trastos". Partí, pues, con mi mujer hacia Saint-Martin-le-Beau. Hacía 20 años que cada cuando iba a pasar unos días con él y Antonieta, su esposa. Los solitarios viñedos de la Turena, en lontananza el plácido Loira con sus altas arboledas que cantó Ronsard. Tarradellas había pasado su exilio allí, en una destartalada casona campestre, con una puntiaguda capilla enfrente.

Nosotros llegamos, había unos pocos devotos tarradellistas, Vila Abadal, Isabel. Manoseamos cuatro cosas, cenamos. Esperaba una furgoneta venida de Barcelona para llevar los enseres, con unos agentes que vigilaban. A la par que la gendarmería francesa también patrullaba. Tarradellas saldría en avión al día siguiente... Y de pronto dijo: "Ahora tenemos que cargar el corazón de Macià. Pero que nadie se dé cuenta, se convertiría en un lío". Recuperamos entonces, bebiendo acaso demasiado vinillo de la finca, una vieja historia.

En su retirada el Govern catalán, con la guerra, arrambló con el corazón del fenecido presidente, conservado en formol en una urna de plomo. Pero ya en Francia, nadie quiso hacerse cargo de él, fueran su hija o Ventura Gassol. Lo cogieron los Tarradellas, y más tarde yendo Antonieta en tren con él, los alemanes la detuvieron creyendo que transportaba una bomba. Para, al fin, alquilar ellos una caja fuerte en un banco de Tours, donde lo depositaron. Pero un día su director les armó un escándalo: la urna se había resquebrajado, el formol se había escurrido hacia otra caja, que estaba debajo, dejando un fajo de acciones de una señora hecho una porquería. Entonces Tarradellas se trajo la caja a su casa, y la metió en la citada capillita.

Calculamos, entonces, los minutos libres que nos dejaban las rondas policiales, nos preparamos y resultó que se había perdido la llave. Entonces situamos una escalera de mano contra la redonda y elevada ventana de la capilla, adonde me encaramé -guardo las fotos que mi mujer fue sacando- y me eché adentro; a oscuras logré forzar la puerta y pudimos meter el corazón en la furgoneta. El cual regresó a Catalunya clandestinamente, después de su última noche de exilio junto al del restablecido y eufórico presidente. Más tarde, claro, fue sepultado en Montjuïc junto al resto de su cuerpo. Aunque acaso dolido, si es que la eternidad o la muerte admiten tales sentimientos, por la diabólica y útil habilidad de su sucesor, que envió cartas contra el Rey y el referéndum hasta que pactaron su regreso y los exaltó.