Ayer pasé por un serio compromiso. La culpa la tuvieron Josep Carles Rius, decano del Col·legi de Periodistes de Catalunya, y sus compañeros de junta. Decidieron otorgarme una distinción anual, Ofici de Periodista, en la que me han precedido, desde Martí Gómez y Josep Pernau, hasta M.ª Eugenia Ibáñez y Rosa María Calaf. La junta había elegido, en primer término, a Lluís Permanyer, a sabiendas de que tan culto y excepcional cronista de Barcelona siempre fue refractario a recibir honores. No hubo manera de convencerle.
En vista de lo cual, Rius propuso el nombre de este servidor y, a fin de evitar un nuevo rechazo, se ingenió en convertir el homenaje en un hecho consumado. Logró de la generosidad de Javier Solana que efectuara la entrega. Doble honor al que no podía resistirme.
Una presencia de tal categoría atrajo, como era de suponer, a una audiencia de elevado nivel. Lo más complicado para un pobrecito hablador fue intentar estar a la altura de una circunstancia que ni siquiera se me había pasado por la imaginación. Vaya embolado: responder a una lección europeísta nada menos de quien lleva trabajando desde hace tres lustros al frente de la política exterior y la seguridad colectiva de los europeos y atlantistas.
Sólo quedaba una salida: fiarme de la memorística y mantenerme al nivel que me corresponde, el de aprendiz de toda la vida de un oficio del que nunca acabas de aprender, porque está directamente conectado al servicio permanente de la sociedad, desde que con el día nace el periódico, hasta que se muere llegada la noche. Experiencia que La Vanguardia conoce desde hace 126 años. Sus empresarios y editores, la familia Godó, sus redactores y corresponsales en el exterior.
Un cuerpo profesional de primera fila en el mundo de la prensa escrita. Del cual teníamos ayer vivos ejemplos de talento y competencia tanto en el servicio exterior, como en la misma dirección de este diario universalista. Por antigüedad, supervivientes cual el asombroso Carlos Sentís o directores que sucedieron a Horacio Sáenz: Lluís Foix, Joan Tapia o nuestro actual José Antich. Recordando no sin emoción a Paco Noy, Ibáñez Escofet y Lorenzo Gomis. Cada cual con personalidades que dejan huella. Y siguen, cual Foix que, tras unos años en Londres y Washington, sigue al pie de un productivo cañón multimedia, con pausas en dominios rurales, conocedor como pocos de la naturaleza.
No es el momento de referirme en concreto a Javier Godó, publisher de reconocido prestigio en el mundo de la comunicación, que con su espíritu liberal de siempre, me abrió las puertas de esta casa. Lo que cabe es señalar la incorporación de mujeres periodistas a un ritmo superior a la integración del llamado sexo débil en la vida activa de la democracia española. Fenómeno que explica el paso de gigante que experimenta este país. Cristina Gallach es un perfecto ejemplo. Y perdonen hoy el exceso de egocentrismo.

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