Irlanda vive días de emergencia nacional. Un centenar de escolares de origen africano no han podido ser escolarizados por falta de plazas en un suburbio al norte de Dublín. La prensa irlandesa no habla de otra cosa porque ha tomado el caso como ejemplo límite de la grave crisis de infraestructuras que vive el país. Es el reverso del milagro irlandés. La otra cara de una economía que despegó a finales de los ochenta, cuando se convirtió en plataforma de aterrizaje de multinacionales norteamericanas. Gracias al dominio del inglés y a los bajos impuestos.

Hoy los irlandeses son gente rica en un país pobre. Su PIB por habitante está entre los más altos de Europa. Pero faltan escuelas, hospitales, carreteras... El transporte público es escaso y en Dublín no hay quien circule en coche. Para sostener el crecimiento, Irlanda ha tenido que importar mano de obra. En los diez últimos años el país ha recibido 600.000 inmigrantes para una población de partida de poco más de cuatro millones. Y eso, para el corresponsal de The Wall Street Journal,explica en gran parte el actual caos. Porque cree que no hay país en la Unión que haya padecido semejante shock migratorio.

No sé qué diría ese mismo corresponsal si se acercara a Barcelona. Catalunya también vive problemas de crecimiento - por decirlo de manera suave-. En la última década ha recibido a un millón de inmigrantes - sin contar irregulares- para una población de seis millones. La economía ha experimentado un cambio espectacular. Sin rumbo aparente, pero ha cambiado. De la industria de bajo coste a la explosión de los servicios; del desempleo crónico a un mercado laboral con cuellos de botella; de un empresariado que requiere menos puente aéreo y más vuelos intercontinentales... Pero las infraestructuras, ¡uf!, las infraestructuras. Es difícil encontrar una capital europea que haya vivido una catástrofe semejante a la de Barcelona. Del apagón al colapso del transporte metropolitano… Sin mencionar una sanidad bajo presión, que se sostiene por la voluntad de sus profesionales. Y la enseñanza...

En Irlanda, su primer ministro, Bertie Ahern, sonríe optimista, porque los suyos son problemas de nuevo rico. Es de los que creían que el crecimiento lo puede todo. Y ahora corre a arreglarlo. Aquí, José Montilla pone cara de digestión pesada para para estar a tono con el estado de ánimo de sus administrados. El miércoles viajó a Madrid para explicar que como esto siga así, el desapego - qué bonita palabra- amenaza la mayoría electoral del PSOE. Pero no le han hecho caso. No está en sus prioridades. Tampoco en las del PSOE, que se ha limitado a constatar que Montilla ya no es el que era. Él les ha hablado de economía, de crecimiento, y de inversiones. Pero ellos sólo han visto en sus palabras la huella del "virus identitario".

Si el corresponsal de The Wall Street Journalse hubiera acercado a Barcelona, habría contado algo de eso. Pero no hay peligro de que llegue. Ni en tren ni en avión.