Homenaje

El escritor David Torres retrata la calle que el Ayuntamiento de Majadahonda ha dedicado a Francisco Umbral. El autor juega con la figura del genial narrador y la coloca en la vía de la localidad en la que vivió

A Paco le han dado una calle en Majadahonda, donde tuvo su residencia durante muchos años: una calle hermosa, festoneada de casas, que se apoya en la avenida de España, del mismo modo que él se apoyó toda la vida en su mujer, María España.

A un lado de la calle se derraman el césped y los árboles del parque Colón, y unas cuantas canchas de baloncesto, pero eso a Paco le habrá dado lo mismo, ya que no era hombre muy dado al deporte ni a los vegetales.

En el nacimiento de la calle, muy cerca de la placa con su nombre, se alza una guardería donde las risas lejanas de los niños encierran la injusticia de aquel hijo que se le murió y a cuya muerte dedicó su libro más bello: Mortal y rosa. A la entrada crecen unos pensamientos, esas flores meditabundas de bigote nietzscheano que tampoco habrían desmerecido en su solapa de dandi trasnochado.

Paco ya se habrá asomado a la tintorería, quizá por lo castizo del negocio, o porque su interior, repleto de alfombras y trajes vacíos, le ha traído recuerdos de su querido Ramón Gómez de la Serna. Como Ramón, como Quevedo, Paco Umbral era un escritor al que le interesaban más las cosas que los personajes; mejor dicho, que trataba a las cosas como personajes y a los personajes como cosas.

Esa capacidad para recrear a un narizotas con un rosario de metáforas o para dotar de alma a una tetera pasó intacta a sus manos, que habría hecho malabarismos verbales con los trajes huecos del tinte.

El fantasma del escaparate

Hay más trajes en el escaparate de una tienda de ropa, donde uno esperaría un maniquí vacío con una bufanda blanca a guisa de estatua acristalada. En los reflejos del escaparate parece pasearse sin ningún descrédito su fantasma larguirucho y elegante. Más allá hay también una farmacia con el faro de su cruz verde y una oficina de seguros, empresas ambas que le habrían traído al fresco.

En cambio, Paco habrá echado de menos el bar, porque en una calle que lleva su nombre no puede faltar un abrevadero para el viandante sediento. Sin embargo, hasta ese detalle estaba previsto, y en uno de los locales de la calle, entre la penumbra y el polvo de la obra, aguardan la barra, los taburetes y el grifo mitológico de la cerveza.

Lo que más le ha gustado a Paco, tal vez, son las peluquerías, una de Vogue, otra de Llongueras, donde las señoras hermosas y las no tan hermosas van, además de a peinarse, a «hacerse una cabeza», como decía él con su gracia insuperable.

Un peinado no es sólo una maniobra consistente en apartar el pelo de la cara, sino una rigurosa operación estética que da el primer acento de la personalidad. Por eso él gastaba una melena larga, anacrónica, bohemia, artística, sabiamente despeinada. La facilidad de palabra le venía del bosque invernal de esa melena de león doméstico: uno tenía la impresión de que cogía los adjetivos al rascarse la cabeza, al pasarse una mano por el pelo. Por eso también hay señoras que, en medio de su calle, llevan sobre los hombros la primavera.

CUANDO LA LENGUA ESTA EN LA CALLE

Umbral nunca entró en la Academia, pero tampoco le hacía falta. El columnista más brillante de las últimas décadas se quedó sin sentarse en una letra. Fue una crasa injusticia porque habrá escritores que aventajen de largo a Umbral en cuestiones de estructura o psicología, pero ninguno le iguala en cuanto a potencia idiomática. En fin, cosas que pasan. Umbral se hizo grande en un sitio pequeño, la columna de prensa, y supo enaltecer ese humilde rincón normalmente caducifolio hasta elevarlo a la categoría de arte, convirtiéndose en el heredero natural de una estirpe que dio a Ruano y a Larra. Y lo hizo palabra por palabra, sin despreciar ninguna, cogiendo de aquí y de allá, del castellano más barriobajero y canalla hasta los ventanales más líricos del idioma, para construir un lenguaje de aluvión, recio y deslumbrante, donde la palabra más bella convive con la más fea y hasta con el taco. ¿Quién se atrevió a escribir gachí, o sea, y tantos otros vulgarismos callejeros antes que él les diera certificado de ciudadanía?

Umbral sabía muy bien que la verdadera lengua española está en la calle y no en la Academia. Por eso era casi fatal que acabaran dando su nombre a una calle

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