La epopeya del fracasado, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Si a usted le toca alguna vez soportar a alguno de esos intelectuales de parroquia pontificando sobre el arte y la vida, y de cómo el arte no es otra cosa que la vida condensada por el talento del artista, y blablablá blablablá, acuérdese siempre de que si hay un aspecto en el que la vida y el arte son irreconciliables es ante el fracasado. Aquel hombre que fracasa en todos los proyectos de su vida -no hace falta que sean artísticos, sino comunes-, que fracasa como abogado, como escritor, como vendedor de coches, como padre, como marido, como persona. A ése la vida le castiga con un precio brutal. Y cuanto más inteligente, cuanto mayor sea la conciencia de su fracaso, mayor será el castigo social al que estará sometido. Si es medio tonto lo supera con facilidad, basta con engañarse. La sociedad no soporta el fracaso; lo considera una enfermedad social. Y aquí volvemos al comienzo: el arte, la literatura, se alimentan de algo que la sociedad desprecia, el fracasado. Y desde hace muchos siglos, incluso antes de que se escribiera la más hermosa epopeya del fracasado, que es el Quijote.
Vargas Llosa escribió, hace pocos domingos, un texto titulado José María y la solitaria que provocó en mí, como imagino en buena parte de sus innúmeros lectores, un interés apasionado, más sobre el tal José María,todo hay que decirlo, que sobre la solitaria que padecía y que estaba fuera de lugar. Tenía Vargas la ambiciosa pretensión de convertir la paradoja del fracasado en un ejercicio de estilo. Una semblanza de quien había sido amigo suyo en París y a quien describe con un rasgo insólito:
"Entre tanta gente como me ha tocado conocer, nunca me topé con nadie que fuera tan naturalmente íntegro como José María". Y luego venía a recordar diversas imágenes de la integridad y la coherencia de su amigo José María, una integridad y una coherencia que aún y estando dotado para la pintura, para el teatro, para el cine, incluso -supongo- para la amistad, su vida se había ido convirtiendo en un infierno, en un reiterado fracaso en el que los peldaños hacia el cadalso pasaban, según el retrato de Vargas Llosa, por estar abandonado de todos, retirándose al pueblo de su infancia donde en una casa mísera pasó los últimos años, hasta que recogido por su ex mujer marchó con ella a Argentina y murió en el más evidente anonimato.
Confieso que desde el domingo 21 de octubre, en que apareció el artículo, no he cesado de seguirle la pista al tal José María sin apellido, que tuvo la solitaria en París cuando era amigo íntimo de Vargas Llosa y cuya virtud se acabó convirtiendo en gangrena: no había aprendido a someterse. En los días siguientes, varias cartas de lectores, incluida la del hijo de José María, fueron echando un mucho de irritación y un poco de luz a una historia vinculada al mundo cultural en el que los españoles nos hemos movido durante los últimos cincuenta años. Nuestro protagonista se llamaba José María Gutiérrez González y siempre se llamó así, y por ahí habría que empezar, porque un hombre con aspiraciones de notoriedad lo primero que hubiera hecho es cambiarse de apellidos; le ocurrió tanto a tipos poco dados al exhibicionismo, como Juan Gris, y a chaperos de la cultura, como Francisco Umbral. José María, el de la solitaria, ya empezó mal, sin cambiarse nada, todo lo más hubo ocasiones en que quitó el segundo apellido, González, y firmó alguna de sus obras como Gutiérrez Santos, en homenaje a su madre, provecta señora de Valencia de Don Juan, en tierras de León, que falleció cumplidos los cien años, y cuya figura y herencia alivió los últimos años de su hijo.
José María Gutiérrez pertenece a la sufrida generación que se hizo adulta en los desoladores cincuenta. Tuvo la mediana suerte de estudiar en Salamanca, y si digo la mediana suerte es porque en el terreno de la incipiente cultura crítica de la España de entonces, no serán Madrid ni Barcelona los generadores, todo lo contrario. Madrid y Barcelona en los años cincuenta son territorio tomado por el nacionalcatolicismo. Los más animosos focos culturales estaban en provincias, y los más destacados fueron Salamanca, Santander y Canarias. Una revista como Cinema Universitario (1955) y las posteriores e históricas Conversaciones del Cine Español hubieran sido imposibles en Madrid o Barcelona. Ni el magisterio de Tierno Galván y sus discípulos, y Sánchez Ferlosio, Basilio Martín Patino, Luciano G. Egido, Carmen Martín Gaite, Luis Martín Santos... En Salamanca se representó a Tennessee Williams, O´Neill y Thorton Wilder, casi al mismo tiempo en que Ortega y Gasset se enteraba de quién era -fue su traductor en la primera y única visita que hizo a Estados Unidos-. De Salamanca, Gutiérrez González marchó a París para hacerse pintor o lo que fuera. Hoy sería muy difícil explicar a otra generación que no haya vivido los años del cólera, cómo daba lo mismo dedicarse al cine, al teatro, a la pintura, o al dolce far niente, lo único importante era escapar de aquel magma gris. En París conoció a Mario Vargas Llosa y tan íntimos fueron que aún se puede leer la dedicatoria en su novela Pantaleón y las visitadoras, edición de 1973 -¡cien mil ejemplares de salida, un respeto!- "A José María Gutiérrez". Luego hicieron la versión cinematográfica, al alimón, como directores bisoños. No he querido verla, pero al parecer hay dos versiones y de la segunda ni siquiera contaron con Gutiérrez, que sí sabía de cine. Había trabajado de pinche con Orson Welles en Una historia inmortal -el maestro nunca tuvo ayudantes, sólo personal de servicio-, incluso con el gran Mankiewicz, en Cleopatra, y hasta el Berlanga de Tamaño natural. Ejercicios de estilo hasta que llegara su hora. José María Gutiérrez González quería hacer un filme auténticamente suyo.
Y ése fue Arriba Hazaña, con hache por supuesto. Se rodó en 1977 a partir de una narración de Vaz de Soto, con los mejores actores del momento, Fernando Fernán Gómez, Héctor Alterio y José Sacristán, y dos chavales que empezaban, Iñaki Miramón y Enrique San Francisco. La he vuelto a ver ahora y no es una obra maestra, pero es un filme más que digno sobre un colegio de religiosos donde los chavales y los frailes reproducen, como en una parábola, el comienzo de nuestra transición política, con música de Luis Eduardo Aute. Proyectada en 1978, funcionó a medias -como se dice en el cine- y se cuenta que el productor no le suministró a Gutiérrez, director único del filme, ni siquiera el dinero para que viajara al estreno. Creo que por entonces ya estaba saltando entre Argentina y España, aprovechando que había casado con una argentina. Luego hizo una comedia de surrealismo hispano -no por nada el guión es de Francisco Regueiro- que parece un ajuste de cuentas con el gremio cinematográfico. Dos guionistas, borrachos de todo, ante el drama de terminar un guión. Baste decir que el título hace difícil hasta pedir el vídeo en las videotecas -Pepe, no me des tormento-, una idea del productor, que también se llama Pepe, José Frade. Los productores del cine español merecerían un libro; lo que no sé muy exactamente es de qué género, si del cómico, del trágico, del pornográfico o del negro echando sangre. Lo demás fue supervivencia, salvo una serie para televisión, que no he visto, sobre tema tan obsesivo para él como el mundo de los curas y los colegios y la religión inquisitorial, basada en textos de casi imposible conversión en imágenes de cine, dos novelas de Gabriel Miró: Nuestro Padre San Daniel y El Obispo leproso.
El cine es una industria y los fracasos en el cine son naufragios para robinsones; nada que ver con el mundo de la literatura, donde se conserva un cierto aire a papel rancio y plumín de pendolista. Cuando en el cine te desahucian has de vender hasta la nevera porque se acabó el crédito. José María se retiró a su pueblo, a la casona abandonada de sus padres en Valencia de Don Juan. Luego marchó a Argentina para que le cuidaran, donde le detectaron el cáncer que le llevó a la tumba hace meses. No había renunciado a nada, ni siquiera a la gloria y menos aún a someterse. Para sarcasmo y coda de este artículo debo decirles que la más importante de las enciclopedias del cine español (Espasa, 1999) reseña todas las películas de José María Gutiérrez González. Las cita por los actores, por los guionistas, por los productores e incluso por los decoradores. El único que no tiene reseña alguna es él. No figura.

Rafael dijo
Un saludo.
Acabo de leer este texto y me he quedado impactado. Lo reconozco, ignoraba el nombre de José María Gutiérrez, sin embargo mantengo desde hace años una profunda admiración por "Arriba Azaña". Temo que suele ocurrir, se adora una obra y se ignora a quien la alumbró.
Como no quedar marcado por la más perfecta comparación que sobre nuestra Transición se ha filmado. Hablo por mí,naturalmente.
Una película sin concesiones, con personajes dolorosamente humanos en sus imperfecciones.
Esos frailes mandones y entrometidos, haciendo formar y cantar himnos, además de preguntar a los alumnos si habían tocado en los pechos a una chica o en qué bando lucharon sus padres en la Guerra. O dando bofetadas. Sin embargo no son mostrados gratuitamente como sádicos o pederastas (como se ha hecho en otras historias), realmente les preocupa la educación de sus alumnos, aunque también tenerlos bien encuadrados. Y los hay amables capaces de tumbar una puerta a hachazos actuando de buena fe.
¿Tal vez me está saliendo una defensa del Franquismo?No es esa mi intención y desde luego no me agradaría caer bajo la zarpa de "El panocho", memorable interpretación de Fernando Fernán Gómez. Un duro que hizo la guerra en la Legión, ante el cual nadie rechista y casi se mean de miedo. Y con motivo.
Si, pero los alumnos que la arman no son un dechado de virtudes. Esconden cristales en la cama del alumno empollón (en ningún momento es chivato y de pelota lo justo), crucifican a un canario porque no hay huevos a plantarle cara al "Panocho". Y casi nada el escarmiento al que frustra la protesta, le hacen explotar un petardo en el ano, no es precisamente justicia. ¿O tal vez si? En todo caso maoísta, lo que hacía entonces furor en los medios estudiantiles.
Y el personaje de Héctor Alterio. Clara muestra de que si una dictadura intenta maquillarse con una cara amable sólo logrará que la gente se subleve y eso es lo que ocurre. Si dices que la misa no es obligatoria, no te puedes desdecir después.
En fin, mi solidaridad con el director fallecido. Ahora una persona mas le está recordando.
P.D. En GASCA, Luis: "Un siglo de cine español", Planeta, Barcelona,1998, si seha incluido el nombre de José María Gutiérrez en la lista de directores.
10 Noviembre 2007 | 08:42 PM