EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 68

Look back on time, with kindly eyes.

(Emily Dickinson)

No es del todo cierto que la gente se vuelva conservadora cuando envejece, lo que pasa es que se hace más consciente de lo que hay, y lo que hay acongoja lo suyo.

No se trata ya de que la oratoria parlamentaria se haya vuelto un concierto soporífero de vulgaridades, que las declaraciones políticas se vean reducidas a un juego de ping pong más o menos insultante, banal, estúpido. O que buena parte del pueblo soberano se haya hecho grosero, borde, osado en su creciente ignorancia. Ni siquiera que los paisajes se pueblen de feas edificaciones que oprimen el corazón a cualquier alma noble que las tenga que contemplar. O sí, puede que sea por todo eso.

O sea que una sale a la calle con cualquier pretexto -comprar el periódico, por ejemplo-, y ha de encajar el empellón del tío de la moto que va como su montura o el chillido estremecedor -porque ya no es suficiente llamarlo griterío- del nene que no quiere ir al cole. Y, ¡hala!, allá se van los buenos propósitos de la journée, al traste con todo.

Había antes un Madrid amable y cortés -y una Barcelona, y un Bilbao-, y hay quien lo busca para tratar de reconciliarse con el mundo; pero se conoce que se ha ido, escurridas sus notas por el sumidero de la Guindalera.

Aquel Madrid de cuando la diversión no exigía tanto ruido y tanta furia, y a los profesores se les miraba con el respeto que daba saber que se sabía menos. O a lo mejor esos tiempos de los guardias de tráfico con casco y chaqueta blancos eran de un cutrerío que pa qué. El caso es que salir a comprar el periódico puede llegar a convertirse en un plañir por los muros de la patria mía.

Un político italiano, no sé si Bettino Craxi o Giulio Andreotti -y no pienso levantarme para comprobarlo-, soltó una vez que en España «manca finezza». Y eso que antes -¿verdad, Umbral?- lo duro era muy duro, a las cosas se las llamaba por su nombre por muy fuerte que sonaran, dolían las muelas mucho más que ahora, y de tanto frío como hacía, había a quien le salían sabañones. Pero había cortesía. Dicen las conciencias más progres que lo que yo llamo así, cortesía, no era sino miedo y paternalismo. Puede. «Me asomo al balcón y no reconozco el país en el que vivo, ni a la gente», me dijo Emilio Lledó, cuando profesaba en la Universidad de Berlín. Hasta Berlín, otra ciudad mártir, sabe limpiar sus heridas y mirar a la cara con compasión, con amor. Aquí es que esas cosas nos dan mucha vergüenza.

Ha pasado tiempo desde aquello, el trajín de la redacción, el sinsabor del fracaso, la alegría de las horas fecundas, la urgencia del Señorito, su meticulosidad aun cuando no había tiempo... y es de bien nacidos vocear el nombre del escritor que se asomaba a esta columna, a quien hemos admirado mucho. Envejecer, morir... puede que en eso consista todo (Gil dixit); y en llenar el minuto inexorable, y en mantener singular combate -armado el brazo, el culo en la silla-, eternamente, con la vida misma.

Y al que no le guste, que se apee.

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