INFRALEVES
Veinticinco años después de la retrospectiva que le dedicó en París el Centro Pompidou, el Museu Nacional d'Art de Catalunya presenta en Barcelona la primera exposición personal en España de Yves Tanguy (1900-1955), uno de los pintores surrealistas más puros y enigmáticos. Coproducida con el Museo de Bellas Artes de la localidad bretona de Quimper, cuyo director André Cariou ha actuado como comisario, la muestra, excelente, reúne más de 150 piezas: dibujos, pinturas, obra gráfica y fotografía. Desde los primeros trabajos de este artista autodidacta hasta su último gran cuadro, Multiplicación de los arcos (1954), hoy en el MoMA de Nueva York, se despliega así ante nuestros ojos toda una morfología plástica insólita y, en paralelo, la figura del personaje que la hizo nacer, a través de numerosas fotografías y documentos.
Junto a esta gran exposición, el MNAC presenta también otra, de formato más pequeño e íntimo pero de no menos interés, que con el título El objeto catalán a la luz del surrealismo, en un explícito homenaje al gran poeta y teórico Juan Eduardo Cirlot, permite apreciar el impacto del surrealismo, y en concreto, de su aproximación imaginativa y poética a los objetos en algunos de los más destacados artistas catalanes del periodo de entreguerras. Al cuidado de Elena Llorens, hay en ella piezas estupendas, históricas, de Miró, Dalí, Clavé, Leandre Cristòfol, Eudald Serra, Lamolla y Angel Ferrant, entre otros. Luz del surrealismo en los objetos, vibración de la mirada interior que se prolonga aún hoy en nuestra sensibilidad.
Yves Tanguy, que en la mitología surrealista comparte con André Breton una especie de revelación fortuita al ver en 1924 en la vitrina de una galería de arte El cerebro del niño (1914), obra del pintor italiano Giorgio de Chirico, en el caso de Tanguy desde un autobús, y que supuestamente decidiría definitivamente su vocación de pintor, es uno de los grandes impulsores de la pintura surrealista. De hecho, en los primeros momentos del grupo, nacido a partir de la literatura y de la problemática noción de escritura automática, la posibilidad de dar curso a una vertiente pictórica, plástica, surrealista, produjo no pocos rechazos y polémicas, siendo necesaria la autoridad y agudeza conceptual de André Breton para que, precisamente a partir de 1924, se fuera abriendo paso paulatinamente esa vía.
El universo plástico de Tanguy está integrado por un repertorio de formas indecisas. A partir de 1926, forja sin embargo una tipología única, que se mantiene a través de un sutil juego de variaciones hasta el último momento. Sus cuadros no se parecen a los de ningún otro artista, aunque en sentido inverso su huella es evidente en la pintura de Dalí. Sin un plan determinado, dejándose sorprender por lo que iba surgiendo -«El cuadro se desarrolla ante mis ojos revelando sus sorpresas a medida que avanza»-, Tanguy consigue sorprendernos cuando sus paisajes sin registros identificables despiertan el titubeo de nuestra imaginación. Paisajes desolados, con formas espectrales, filamentos y rocas. Paisajes acuáticos o siderales. Con toda probabilidad, paisajes de nuestros sueños más densos. Como escribió André Breton, con Tanguy «entramos por primera vez en un mundo de latencia total».
© Mundinteractivos, S.A.

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