La metáfora está servida. El tamaño del despacho, a la medida de su ambición. Pero sólo si es Alberto Ruiz Gallardón quien lo ocupa. Tal cual, oiga, es un dato: las medidas del despacho que ocupa desde el lunes pasado el alcalde de Madrid en la planta cuarta del Palacio de Comunicaciones son exactamente las mismas que tenía cuando lo ocupaba un secretario de Estado antes de la mudanza. Y, puestos a enredar, otro dato: su enemiga íntima, Esperanza Aguirre, tiene dos despachos en vez de uno como presidenta de la Comunidad.

El problema, para sus adversarios y sus adversarias -los lleva adosados y son del mismo color-, no es el tamaño de un despacho sino el tamaño de una aspiración política en vísperas de la muy probable guerra sucesoria en el PP tras el recuento electoral de marzo. Nunca ocultó Gallardón sus planes de aspirar a lo máximo en su oficio. Y, precisamente por no privarse de pregonarlo, lo cual es un signo de rara sinceridad en la clase política, también cometió siempre el error táctico de movilizar antes de tiempo a sus competidores. Están a la que salta.

Eso explica la ruidosa, absurda, destemplada y barata ofensiva mediática contra el nuevo despacho del alcalde. También política, la que toca a la oposición municipal. Pero ésta se hubiera quedado en nada sin la valiosa colaboración de la trama político-mediática que le vigila desde sus propias filas. Dato significativo: todo surgió de una visita de periodistas organizada por el propio Gallardón para conocer la marcha de las obras en el Palacio de Comunicaciones, incluido el despacho. Un alarde de transparencia pero también, de nuevo, el error de movilizar innecesariamente a sus rivales.

Cierto cronista municipal sugiere el templo de Debod como un emplazamiento más adecuado. Sutil alusión al faraonismo del alcalde. En vida, espero. Un despacho a título póstumo no se lo deseamos a don Alberto, ni siquiera entre las magníficas ruinas del templo de Debod, que hoy por hoy entierran y hacen olvidar otras ruinas más dolorosas para los españoles.

A lo que íbamos. El alcalde madrileño está de mudanza. Desde el lunes pasado ocupa su nuevo despacho. Casi ochenta metros cuadrados de aire minimalista, madera clara, cristal, color beige, paredes desnudas (solo dos pequeños cuadros de pintura moderna), una mesa de siete metros cuadrados, cinco sillones, dos sofás, las tres banderas reglamentarias, dos enormes ventanales y un ordenador.

No se acaba de ver donde está lo faraónico, aunque hemos de reconocer que al señor Ruiz Gallardón se le quedó pequeña la Casa de la Villa cinco minutos después de ocuparla. La sed de poder es normal, y legítima, en un político. Eso se vio enseguida, cuando ya en 2003 pactó una permuta de edificios con el entonces ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. Pero es la mencionada ambición lo que define su dificultad para desenvolverse dentro de unas hechuras limitadas en su nunca disimulada aspiración a llegar a lo más alto en el campo de la política.