Ali, el más grande, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Muhamad Ali sigue siendo hoy el mejor boxeador de la historia. Su juego de piernas, sus increíbles reflejos, sus golpes electrizantes le convirtieron en un mito que ningún otro deportista ha logrado igualar.
Recuerdo su fantástico combate en 1967 contra Cleveland Williams, el boxeador más duro de los pesos pesados en aquella época, al que despachó en cuatro asaltos tras tumbarle en la lona en tres ocasiones. Pocos meses después -se cumplen ahora 40 años- la asociación estadounidense de boxeo profesional le retiró la licencia por negarse a enrolarse en el Ejército. Eran los tiempos de la guerra de Vietnam.
Ali fue humillado en una deprimente ceremonia de deshonor por los militares. Luego se le condenó a cinco años de cárcel y se le retiró el pasaporte. Durante tres años, el campeón mundial tuvo que peregrinar por toda la geografía americana para defender su causa.
Fue vilipendiado por los medios de comunicación y por una amplía mayoría de la sociedad estadounidense. Se le tachó de cobarde y de traidor a la patria. Y tuvo que soportar la vergüenza de recibir un telegrama de Gene Tunney, ex campeón de los pesados, que le acusaba de haber deshonrado el boxeo.
Pero Ali se mantuvo firme en sus convicciones. Se negó a pactar un simulacro de servicio militar de varias semanas a cambio de verse libre de todo cargo. Y se cansó de repetir el mismo mensaje: sus convicciones religiosas no le permitían empuñar las armas.
Fue coherente con sus ideas y lo perdió todo: prestigio, fortuna, amigos, mujer y familia. Se quedó solo hasta 1970, cuando el Tribunal Supremo anuló la retirada de la licencia y la pena de cárcel con el pretexto de que no se le habían leído sus derechos.
Aunque nunca recuperó su rapidez, Ali pudo volver al ring y enfrentarse a duros rivales como Joe Frazier y George Foreman, al que venció en la legendaria pelea de Kinshasa, convirtiéndose en un símbolo de la liberación africana.
Ali ha cumplido ya los 65 años y está gravemente enfermo. Pero conviene hoy más que nunca recordar la gesta de este gran personaje, que se enfrentó y derrotó en el más duro de sus combates al establishment americano. No lo hizo con sus puños ni con la fama ni con el dinero: ganó gracias a la fuerza de una idea.
Muhamad Ali eligió su propio destino. Cambió de nombre y de religión. Y lo arriesgó todo, incluso su vida, para ser coherente con sus convicciones. Muy pocos le entendieron entonces, entre otras cosas, por la campaña sin precedentes de la derecha americana contra el pugil negro.
Ali es un héroe de nuestro tiempo y un ejemplo que nunca deberíamos olvidar en esta sociedad del oportunismo. Jamás entendí cómo pudo soportar tanta ignominia sin proferir ni un sólo insulto ni una sola queja contra nadie. Fue el más grande de todos nosotros.
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