EL RUNRÚN
En la agonía de cercanías, en El Prat, en los vestíbulos y en las colas de la burocracia, sentimos la pesada losa de las horas infértiles; el poder hacer y no hacer nada mientras la mente se mueve en varias direcciones y a la vez en ninguna. Los niños lo resumen con proverbial precisión: "Me aburro". Es un tiempo que genera tensión en las sienes y hormigueo en las piernas; a las personas con los nervios delicados les produce desesperación e incluso ira. Hay gente que se impacienta más de la cuenta porque está poseída por el tiempo de la pasión, el que engulle dos segundos en uno cuando se declina en presente y los multiplica por cinco en futuro. El tiempo de la espera es también un tiempo secuestrado, a merced de las circunstancias que poco dependen de uno mismo. Es entonces cuando las pantallas ocupan el centro de las miradas.
Séneca sostenía que los espejos fueron inventados para que el hombre se conociera a sí mismo y no para afeitarse la barba. Igualmente, las pantallas representan el bastón del ciego, la promesa infinita. En los aviones, en los gimnasios, en las salas de espera, en los bares y lobbies, en los coches o incluso en el bolsillo, las pantallas ejercen de ventanas al mundo. No en vano, pantalla es una palabra que presume de origen catalán, una combinación de pàmpol y ventalla - parónimo de ventana-.La gente se asoma a ellas pulsando un botón y se cobija en sus avisos o en sus imágenes en lugar de buscar el viento y un rayo de sol. A través de ellas cierra las puertas de su realidad inmediata y abre las de un centro recreativo universal que en forma de SMS, e-mail, DVD o GPS permite anestesiar el tiempo roto. La atención es capturada por varios tipos de monitores, que nos rodean como en otro tiempo lo hicieron los árboles, desde el que anuncia la salida del avión con una hora de retraso hasta el del hall del hotel que pasa una y otra vez las mismas imágenes hasta la extenuación.
En las pantallas de plasma la luz se crea por la excitación de sustancias fosforescentes mediante una descarga, pero cuando los gases neón y xenón no actúan, permanecen a oscuras, condenadas por el botón rojo del off. Es entonces cuando nos revelan su verdadera naturaleza, porque lo más inquietante de las pantallas que habitan en nuestros paisajes es la sensación que producen cuando están apagadas. Contienen una melancolía similar a las tardes de domingo, un aire de fin de fiesta. Como elementos decorativos resultan absurdos y como objetos personales son fríos como una costra anfibia, a pesar de sus audaces diseños. Pero en su mudez, se produce el verdadero encuentro entre su oscuridad y nuestras sombras.
Un modelo de móvil de la marca LG diseñado por Prada tiene una pantalla que cuando está ciega se convierte en espejo, resumiendo así sus principales usos: mirar y mirarse. Existe escasa información acerca de cómo se utilizaba el espejo en la antigüedad, a pesar de tratarse de un hecho tan trascendente como la mirada sobre uno mismo. En el siglo XIX, en los pueblos, sólo había un espejo transparente en las barberías destinado a un uso exclusivamente masculino hasta que los vendedores ambulantes empezaron a ofertar modelos de tocador para las muchachas. El arte de contemplarse dejó de ser un privilegio de la gente acomodada. De su uso en los burdeles pasaron a ocupar las puertas del armario en el dormitorio conyugal. Estalló su centralidad, sus lunas adornaron los salones con marcos de rica orfebrería y se plantaron de pie en las casas de costura.
Hoy han sido engullidos por la videoesfera, en un proceso de pantallización de la cotidianidad. Los estímulos visuales nos rodean y parece que vivimos en el interior de la pantalla. Como si de tanto mirarnos hubiéramos conseguido olvidar de qué lado estamos, quién mira a quién.

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