La declinante fortuna del PSPV, de Josep Vicent Boira en La Vanguardia
Déjenme decir antes que nada que el drama que atraviesa el Partit Socialista del País Valencià (PSPV) a consecuencia de la dimisión de su secretario general no es una buena noticia para el país, ni para mis recuerdos. Ni que sea por mis recuerdos de adolescente. Fue en casa de mi tío Vicente Maiques, socialista no nacionalista y secretario del ex alcalde de Valencia Ricard Pérez Casado, donde escuché por primera vez la voz de Raimon.
El PSPV-PSOE lo fue todo en los años ochenta y noventa, como lo es hoy el PP desde 1995. Pero la parada cardiaca que hoy le atenaza no ha sido repentina. Gota a gota, el partido ha ido dejando escapar sus glóbulos rojos, al menos desde 1991, cuando perdió, qué gran aviso obviado, las capitales de las dos zonas más dinámicas del país: la capital, Valencia, y el Castellón "equilibrado" de los cuidados paisajes rurales, de las industrias de azulejos y de la playa. El problema del PSPV es que mientras han durado sus rentas, la palidez del cuerpo presente se ha disimulado. Y el PSPV vivía, desde hace muchos, de rentas. Como el hijo manirroto que dilapida la fortuna de su padre, los socialistas valencianos han ido consumiendo sus joyas.
Por las circunstancias en las que se tejió la transición en tierras valencianas, el PSPV-PSOE llegó a las primeras elecciones autonómicas de 1983 con un banquillo (en el sentido futbolístico del término) de lujo. Catedráticos, empresarios, dirigentes sociales, escritores, hombres y mujeres con cultura y de cultura.
El pacto tácito entre familias que permitió embastar el tejido de la que fue la segunda federación socialista más numerosa de España había aupado a los hijos del socialismo "autóctono" a las principales candidaturas, dejando el control del aparato a otros, a los de siempre, a los de hoy. La gran victoria de 1983 (51% de los votos, mayoría estilo Rita Barberá) llevó a altas responsabilidades a la flor y nata del socialismo valenciano, tan altiva como los húsares de las viejas estampas. Hay que reconocer a Joan Lerma que fuera capaz de dirigir aquella escuadra. Hasta dónde llegaban los intelectuales y hasta dónde los políticos era difícil de decir. De hecho, la trayectoria individual y solvencia académica de algunos de ellos refuerzan mi duda.
Esta poderosa armada levantada contra las oleadas de la derecha aguantó mediante una política pragmática, modernizadora y muy poco socialdemócrata estilo Zapatero. Fue el dique de contención que permitió dar cuatro años más de aliento al socialismo valenciano, derrotado en la capital en 1991.
El problema es que, de cara adentro, esta muralla representó también una barrera infranqueable. El ascensor se bloqueó: la primera fila era tan buena y compacta que la segunda ni se molestó en acudir. No digamos el pueblo llano.
Comprenderá el lector que cuando la primera fila se fue (o se le invitó a irse), había poca gente a la que recurrir. El PSPV ha vivido de sus figuras desde 1983, exprimiéndolas.
La alianza de una sólida cultura de partido ( "o conmigo o contra mí"), la brillantez intelectual de algunos de sus dirigentes y el seguimiento orgánico de Ferraz blindó al PSPV. Pero si no se renueva el oxígeno, la atmósfera se enrarece. El enlace que conectaba al PSPV con el centro del campo social valenciano se fue secando hasta que otros se han hecho con él. Además, el PSPV no se dio cuenta de otro problema que aparentemente le beneficiaba: el voto útil. Un puñado de electores, atenazados por el miedo a la derecha, prefirieron votar desde 1983 al PSPV antes que emprender caminos hacia la extraparlamentariedad que consagraba la injusta barrera electoral del 5%, una reliquia de la transición.
Pero el voto útil ni renueva ni nutre. Sólo aporta votos. De estas dos rentas ha vivido el socialismo local. La debacle comenzó por las ciudades. El PSPV, a diferencia del Partido Popular, nunca ha entendido la importancia de los ayuntamientos. Craso error. ¿Acaso es casualidad que el actual presidente de la Generalitat, Francisco Camps, fuera anteriormente concejal de Valencia? Mientras que Carmen Alborch ha ido del Ministerio de Cultura al escaño de la plaza del Ayuntamiento. Con estos mimbres, el desenlace de la historia se veía venir: viviendo de posiblemente la generación mejor preparada de la política valenciana, cortados los puentes con la sociedad, blindados ante quienes no se declaraban (o eran percibidos) como adictos, sin proyecto de país propio, que el PSPV diera señales de debilidad era sólo cuestión de tiempo.
Tiempo. Justamente el que no dispone ahora Zapatero. Sinceramente, los males no vienen de las reformas edilicias de Pla, ni de la batalla Alarte, Sevilla, Puig. Vienen de más atrás. Y para colmo, el PP, sabedor de que la victoria pasa por la blietzkrieg,ha impuesto al cuerpo socialista una marcha de muy señor mío. Dudo que en tan poco tiempo, el PSPV encuentre su Walter Veltroni, un dirigente que le permitiera agrupar el reformismo que el PP no ha sabido controlar.
Como siempre, sería una segunda oportunidad. Joan Romero, secretario general entre 1997 y 1999 y que salió por piernas, ya intentó su operación "tercera vía tipo Giddens". Y así le fue, a Romero quiero decir. Sinceramente, en el PSPV se han ido acostumbrando al aire enrarecido de su ambiente y no notan como el sol luce fuerte al otro lado de la tapia.
J. V. BOIRA, profesor titular de Geografía Urbana en la Universitat de València
