Sobre lo evidente es absurdo debatir. ¿Y qué es lo evidente en relación con la visita real a Ceuta y a Melilla? Pues que el Gobierno, a quien compete la dirección de la política exterior, en la que se inscriben los viajes de los Reyes, puede decidir -¡hasta ahí podíamos llegar!- qué países debe visitar el jefe del Estado y cuándo debe hacerlo.
Por eso, la protesta de las instituciones marroquíes, que han manipulado la opinión del país vecino hasta originar una intifada, es sencillamente intolerable: rompe los usos diplomáticos entre estados que, sobre ser amigos, son soberanos en sus respectivos territorios y constituyen una inadmisible intromisión en los asuntos internos nacionales.
No hay que ser un españolista radical para admitir lo que constituye el abecé de las relaciones exteriores. Aunque quizá haya que no serlo para reflexionar, en este ambiente patriótico que ?-¡quién nos lo iba a decir!- ha provocado Zapatero, sobre los errores y los motivos del Gobierno.
Los errores no son, claro, los relacionados con una decisión que solo compete al Ejecutivo, sino con la forma de hacerla realidad. Pues para algo deben estar el Ministerio de Asuntos Exteriores, los servicios de inteligencia y el servicio diplomático: por ejemplo, para prever una reacción que, por lo oído a la vicepresidenta, nadie imaginaba en el Gobierno. Este podía, por supuesto, llegado el caso, asumir el coste de la visita, por creerla indispensable, pero lo que no parece razonable es que se lance a la aventura (como en tantas otras ocasiones) sin tener ni idea de lo que puede suceder.
En cuanto a los motivos del viaje real, nadie nos ha explicado por qué ahora, lo que legitima la sospecha, general tanto en medios adversarios como amigos del PSOE, de que la pretensión del Gobierno con la visita de los Reyes es reforzar una imagen españolista de la que aquél trató de apartarse desde el día de la toma de posesión de Zapatero. Y si, además, el PSOE gana los escaños de Ceuta y/o de Melilla, pues miel sobre hojuelas.
Todo este episodio adquiere, en todo caso, nueva luz a la vista de la milagrosa liberación por Sarkozy de las azafatas españolas detenidas en Chad. Pues el contraste entre lo que el presidente de la República francesa es capaz de conseguir de un plumazo con sus aliados y lo que no es capaz de evitar con los suyos el presidente Zapatero expresa bien a las claras la debilidad de nuestra desastrosa política exterior. Es esa debilidad la que explica, a fin de cuentas, que Marruecos se atreva a exigir con rudeza lo que no exigiría ni de bromas si España conservara algunas de las buenas relaciones que Zapatero ha descuidado como ningún presidente español de la etapa democrática.

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